La Leyenda de Wolfgang Vonnegüt y el Monstruo

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La Leyenda de Wolfgang Vonnegüt y el Monstruo

Mensaje  Konrad el Jue Mar 04, 2010 1:40 pm

El otro día me encontré con este relato que escribí hace ya unos añitos. Me pareció que podía tener gracia adaptarlo al universo viejomundano y subirlo a la página.


LA LEYENDA DE WOLFGANG VONNEGÜT Y EL MONSTRUO


I. EL MONSTRUO

El viento era frío y húmedo. El cielo estaba oscuro, rasgado ocasionalmente por algún brillante relámpago. Las nubes se movían con rapidez, como si una siniestra voluntad las animase. Los truenos retumbaban como nunca antes se habían escuchado en la aldea. Las madres agarraban con fuerza a sus hijos, intentando en vano tranquilizarles. El tapiz del cometa de dos colas presente en la amplia cabaña, símbolo de Sigmar, no evitaba que los ancianos rezasen en entrecortadas letanías rogando a Mannan, a Taal y a Rhya para que el cielo no cayera sobre sus cabezas.

Los habitantes de Naehover, una aldea cercana a Dorfmark, en Nordland, farfullaban intranquilos mientras los truenos rugían alrededor. Los aldeanos aguardaban esperanzados el retorno del cazador de brujas, que ya habría puesto fin al terror en el que vivían.

-Llegará en breve. No desesperéis.

-¿Habrá derrotado a la bestia?

-Por supuesto. Ya sabéis lo que se cuenta de Gottfried Bauer. La bestia ya debe ser historia.

Una niña pequeña tiró de la manga de su madre. -Mamá, cuéntame cosas de ese Gottfried.

La madre sonrió mientras izaba a la cría y la sentaba en sus rodillas. -Gottfried Bauer es uno de los guerreros más grandes de la región. Como ya sabes, nuestros ejércitos han partido para combatir a los demonios del Caos, así que necesitamos a personas como Gottfried para que nos protejan. Recorre el país, a las órdenes del Conde Elector Theodoric Gausser, cazando bandidos y asesinos y los monstruos que nos acechan. Cuando llegue, nos comunicará que nada debemos temer ya de ese monstruo.

De pronto, la puerta se abrió. El viento se coló como una bestia aullante que intentaba apagar las llamas de la chimenea que daba calor a la sala. Una imponente y oscura mano empujó con facilidad la pesada puerta como si no fuese sino un ligero estorbo. Todos los aldeanos gimieron asustados. La voz que penetró en la estancia era grave y brutal, casi como si la entonase una bestia y no un ser humano.

-Estoy muy disgustado con vosotros.- Un gigantesco hombre, de bastante más de dos metros, penetró en el interior de la cabaña, agachando la cabeza para no golpearse con el dintel. Su cabello era rubio, casi níveo, recogido en una coleta trenzada, pero su piel azulada delataba su naturaleza no humana, así como sus piernas, semejantes a las de un carnero. Su rostro no era totalmente humano, era feroz, con dientes largos y afilados. Sus ojos rojizos parecían desprender fuego.

Los de su especie eran conocidos como mutantes, abominaciones enviadas por los Poderes Ruinosos para castigar el Viejo Mundo. Vestía pieles como un salvaje y una enorme hacha colgaba de sus anchas espaldas. Arrastraba un saco con unas manchas oscuras.

-Creí que habíamos llegado a un acuerdo. Me proporcionaríais dos vacas cada semana y os dejaría en paz. Pero no. Teníais que ser tan rematadamente estúpidos como para intentar acabar conmigo enviando a un mercenario.

Los reunidos permanecieron expectantes, sin atreverse a hablar, como si al hacerlo incurriesen en la ira de aquel gigante. De pronto, una muchacha de apenas dieciocho años abandonó el círculo de aldeanos y avanzó un par de pasos hacia el azulado ser.

-¿Dónde está Bauer? ¿Qué has hecho con él?

El monstruo abrió el saco con una sonrisa feroz y arrojó su contenido al suelo, mientras un trueno retumbaba haciendo temblar la estancia. Un gemido de horror brotó de las gargantas de los presentes. Sobre el suelo había una cabeza cortada. Sus ojos y boca estaban todavía abiertos en un paroxismo de horror.

La rubia muchacha lloró sin poder contenerse mientras gritaba con voz ronca. -¡Maldito seas! ¡No eres sino un monstruo sin piedad!- El gigantesco hombre abrió los ojos con sorpresa mientras le miraba con furia. Antes de que nadie pudiese hacer nada, uno de sus fibrosos brazos la agarró por el cuello y la levantó del suelo.

-¿Monstruo? ¡Mi nombre es Grognar! ¡La sangre de Khorne, el dios de los cráneos, corre por mis venas! Podría matarte por lo que has dicho.

La muchacha intentó forcejear, pero la presa en su cuello era muy poderosa. Habló con voz temblorosa, pero sin delatar temor.

-Sí, vamos, hazlo, monstruo. Eres muy valiente enfrentándote a alguien como yo.- El mutante la examinó con curiosidad y diversión.

-Eres valerosa, chiquilla. No se puede negar.- Su mano soltó su cuello. Las nalgas de la chica se estrellaron contra el suelo en un brusco aterrizaje. La muchacha tosió, sujetándose su cuello.

Los aldeanos miraban a aquel ser con temor, sin atreverse a intervenir. -Pero en el fondo, no soy tan malo como seguro pensáis. A pesar de que lo merezcáis, no tomaré represalias contra vosotros. Seguiremos con nuestro ventajoso acuerdo. Pero ahora serán tres reses por semana las que deberéis entregarme, no dos.- Los aldeanos murmuraron, asustados.

-Por el amor de Sigmar…

-Moriremos de hambre.

-Estamos perdidos.

El ser rugió amenazadoramente. -¡¿Alguna protesta?!

Las voces callaron. -Bien. Eso pensaba.

Pero entonces una voz resonó a sus espaldas. -No, monstruo. No cederemos a tus chantajes. Es nuestro pueblo. No te tenemos miedo.

El gigantesco hombre se volvió con furia. Ante él se erguía la misma chiquilla de antes, que había vuelto a levantarse. Era alta, como era habitual entre los nordlandeses, pero aún así, el bestial ser le sacaba más dos cabezas. -No fuerces tu suerte, niña, y agradece a tus patéticos dioses que sigas con vida.

La muchacha miró a sus paisanos. -Es triste ver en qué nos hemos convertido. No hace muchos años, nuestros antecesores eran valientes guerreros que surcaban los mares y las tierras. ¡Eran teutógenos y lucharon al lado de Sigmar! Si algo de su sangre corriese por nuestras venas, nos levantaríamos y expulsaríamos a esta bestia...

La temible voz del monstruo sonó calmada, pero fría como el hielo. -Adelante. ¿Alguien quiere emular a este valiente?- Señaló con un largo dedo la cabeza cercenada del guerrero a sus pies. Nadie habló. Con una azulada garra acarició la mejilla de la muchacha.

-¿Cuál es tu nombre, pequeña?

La muchacha le miró desafiante. -Gudrid.

-Muy bien, Gudrid. Me gustas. Eres muy valiente. Te incluyo en el trato. Serán cuatro reses a partir de ahora y tú vendrás conmigo.- La gente clamó quedamente. La madre de la muchacha intentó alcanzar a su hija, pero una mirada glacial de la bestia la detuvo en seco. Con un violento gesto, el mutante desgarró la túnica de la chica, revelando sus generosos pechos. Ésta permaneció quieta y en silencio. Una lengua sorprendentemente larga y morada surgió de la boca de Grognar y recorrió lentamente el rostro de Gudrid, quien cerró los ojos y apretó los labios para no gritar.

-Asumidlo, patéticos humanos. No sois nada. No sois sino juguetes en manos del Caos.

La muchacha habló con voz temblorosa.

-Algún día, alguien tendrá que decir basta. Un día, alguien tendrá que decir… Se acabó.

De pronto el monstruo se detuvo y miró al resto de aldeanos.

-Recordad, cuatro reses. Las quiero antes de mañana al mediodía en mi cueva.- Como si fuese una liviana muñeca, cargó a Gudrid sobre sus hombros, ignorando los golpes que ésta le propinaba y sus gritos. El viento helado volvió a penetrar en la sala, congelando la sangre de los presentes. La puerta se cerró con un sonido hueco, inundando la sala de un atronador silencio.



II. EL FORASTERO

Todos los presentes miraron al suelo apesadumbrados durante largo tiempo. Por fin una débil voz habló.

-Debemos mandar un emisario al Conde Elector.

-De nada servirá. Tardaríamos más de dos días en llegar y otros tantos para que nos mandaran otro guerrero. Y mañana debemos entregar cuatro vacas a esa alimaña.

-¿Qué podemos hacer?

-Debemos luchar. Nuestra situación es desesperada.

-¿Quieres que acabemos como ese pobre diablo o como esa chiquilla deslenguada? –Los murmullos dieron paso a un silencio desesperado.

De pronto la puerta volvió a abrirse. Los aldeanos gimieron, temiendo el regreso de la bestia. En su lugar entró una menuda figura encapuchada. Su rostro apenas era visible, iluminado por la tenue luz de la lumbre. Aquella persona no era alta, ni mucho menos. Vestía una funcional armadura de cuero bajo las pieles que le resguardaban del frío. Un cometa de doble cola de plata colgaba de su cuello. El forastero se movió lentamente hasta una de las sillas vacías en una mesa, dando un pequeño rodeo para evitar pisar la cabeza decapitada. Sin hablar, se sentó y aferró una gran jarra de cerveza. Su propietario no se atrevió a abrir la boca y contempló asustado como la figura la engullía de un solo trago. Un sonoro eructo retumbó en la estancia.

Uno de los aldeanos se acercó hasta el extraño.

-¿Quién sois, forastero? No llegáis en buen momento.

-Al contrario, nordlandés, creo que llego en el momento perfecto.

El hombre se quitó la capucha. Era joven, pero su rostro lampiño mostraba varias cicatrices de pasadas batallas. Su pelo era oscuro y muy corto, cortado al cepillo. Sus ojos eran de un color verde profundo.

El hombre sonrió tras apurar la cerveza.- Mi nombre es Wolfgang Vonnegüt, a vuestro servicio. Aunque mis servicios no son baratos.

Los aldeanos murmuraron entre sí, esperanzados. ¿Quién no había oído hablar de Wolfgang Vonnegüt? Se decía de él que era un guerrero sin parangón, un fugitivo vagabundo y, lo más importante de todo, un experto cazador de monstruos.



III. EN LA GUARIDA DE LA BESTIA

El frío había remitido en el interior de la caverna, debido a la gran hoguera en su centro. Varias antorchas aportaban una refulgente luminosidad. Gudrid se despertó y miró a su alrededor. Estaba aparentemente sola, pero no pensó en escapar. El mutante se había llevado las pieles con las que la había protegido en el viaje a su guarida. Estaba completamente desnuda. Si intentaba huir no aguantaría ni una hora a la intemperie. Había una mesa y varias sillas, así como varios cofres a su alrededor, fruto sin duda de la rapiña de aquel ser. Se acercó a uno de ellos y lo intentó abrir. Quizás dentro hubiese algo que pudiese usar como un arma.

-No te molestes. Está vacío.

La voz del mutante la asustó y la muchacha se volvió con un sobresalto. Instintivamente, tapó sus senos y pubis. El ser contemplaba un ropaje azul que sostenía en su mano antes de tendérselo a Gudrid.- Creo que es de tu talla. Espero que te guste.

La muchacha observó boquiabierta el ropaje que la bestia le había procurado. Nunca en su vida había visto nada igual. Era hermoso, más lujoso que cualquier prenda que pudiese cubrir alguna vez su cuerpo. El vestido parecía confeccionado para una de las princesas de Altdorf, no para una campesina nordlandesa como ella. Levantó la vista para ver a continuación cómo el mutante llamado Grognar le entregaba un fino collar de oro. -Por favor, acéptalo.

El rostro de Gudrid se ensombreció. Rasgó el vestido violentamente y lo arrojó al suelo, junto con el collar.

-¿Quién te has creído que soy, bestia? ¿Una muñeca a quien vestir? ¿Una puta a quien comprar? Viólame y mátame y acabemos de una condenada vez.

Grognar tomó aire, para evitar explotar de ira. Contempló el desnudo cuerpo de la desafiante muchacha. La pecosa piel lechosa de sus pechos subía y bajaba violentamente, al compás de su agitada respiración, por la indignación, la ira y el miedo. Sus azules ojos no parpadeaban ni apartaron la mirada mientras le miraban con furor indisimulado. La voz del bestial ser temblaba de pura rabia.

-¿Cómo... te... atreves... testaruda... chiquilla?

El mutante adelantó sus garras, mientras Gudrid chilló y cerró los ojos, esperando el golpe final. No obstante, éste no se produjo. Cuando abrió los ojos, la bestia se había alejado y se disponía a internarse por una de las galerías de la cueva.

-Eres libre, chiquilla. Vete. En la entrada encontrarás ropa.

-¿Por qué?

El mutante pareció dudar antes de seguir avanzando. –Ya te lo dije antes. No soy un monstruo.

-¡Espera!

El mutante se giró, enarcando una ceja, y miró inquisitivamente a la chica.

-Entonces, ¿por qué? ¿Por qué atormentas a mi pueblo?

Grognar dudó antes de responder.- La vida es muy dura, muchacha, y no sólo para tus queridos habitantes del Imperio. Deja que te cuente una historia. Sucedió hace unos veinte años. Una mujer dio a luz a un niño. La habitación se sumió en un silencio aterrorizado mientras el llanto del bebé resonaba en los muros. El niño había nacido con la Marca del Caos. Era un mutante. Y ya sabes lo que dictan vuestras leyes al respecto.

Grognar respiró pesadamente mientras Gudrid apartaba por primera vez la mirada.

-Pero la madre no lo aceptó e hizo lo único que podía hacer. Se volvió loca y huyó. Con el niño entre sus brazos, se internó en el Bosque de las Sombras. Desconozco cuántos días vagó la mujer evitando las oscuras bestias que en él moran antes de encontrar una cabaña donde unos leñadores se hicieron cargo del niño antes de que la madre, mi madre, muriera. Pero no creas que criaron a ese niño mutante por altruismo. Aquellos leñadores dudaron si matar directamente a la criatura o conservarla como esclavo. Los mutantes como yo somos fuertes y resistentes y, si reciben la caricia del látigo, muy útiles para las tareas más arduas. Optaron por lo segundo. Espero que entiendas por qué no guardo una buena impresión de los humanos.

-Pero no todos los humanos somos así. Sin duda habrás conocido a alguien de corazón bondadoso.

Grognar la miró con fiereza. –Durante todos estos años sólo he encontrado un humano en el que confiar. Un humano al que llamar… Amigo. Pero no creo que lo entendieras.

Gudrid calló, sin saber muy bien qué decir. El mutante se incorporó y su voz se volvió fría.

-Vuelve al pueblo. Diles que quiero las cuatro vacas para mañana o lo pagarán muy caro.

-¿A quién te referías antes cuando has dicho…?

-No te importa. Vuelve al pueblo.

-Pero... No puedes chantajearnos como lo haces... Acabarás… Te matarán...

Una voz severa sonó desde la entrada de la cueva.

-Así es, muchacha. Y seré yo quien lo haga.



IV. LA LUCHA

Gudrid y Grognar se giraron al unísono hacia la dirección de la que provenía la voz. Un joven de pelo muy corto y ojos verdes empuñaba con determinación una espada que apuntaba directamente al corazón del mutante.

-Wolfgang Vonnegüt a vuestro servicio, milady. Ya no tenéis nada que temer. En cuanto a ti, bestia inmunda, prepárate a morir.

-No, espera... -La muchacha levantó las manos mientras Grognar se envaró e izó su gran hacha, sopesándola con delicadeza.

-Ah, otro valiente y estúpido mercenario que acude a morir bajo mi hacha. Espero que Morr acoja tu alma cuando yazcas en el suelo, moribundo con las entrañas desparramadas.- Ambos contendientes avanzaron el uno contra el otro, con furia en sus ojos.

-¡Deteneos, estúpidos! ¡No luchéis!- La voz de la muchacha fue ahogada por los rugidos y el sonido del acero entrechocando. El humano era más bajo que su adversario y por eso pudo esquivar su primer golpe de hacha. Lanzó una estocada en la dirección del bestial ser, pero éste la bloqueó con el mango de su arma.

Los guerreros intercambiaron golpes durante largo tiempo. Se estudiaron el uno al otro jadeantes. Al unísono levantaron las armas, preparándose para la siguiente embestida. La muchacha intentó interponerse entre ambos, pero un empujón la derribó al suelo de la cueva. El monstruo elevó el hacha sobre su cabeza, para descargarla sobre su enemigo, pero un puñetazo de Wolfgang en la cara le desestabilizó. Atontado, escupió al suelo y se abalanzó gritando sobre su adversario humano, sin ver cómo éste había desenvainado un cuchillo de su bota.

Gudrid gritó. -¡No, por favor! ¡No le mates!

El cuchillo se hundió en el estómago del mutante, ayudado por el impulso de éste, mientras rugía por el repentino dolor. Miró confundido a su adversario y a la muchacha. Abrió la boca pero no emitió ningún sonido y tras unos breves instantes, cayó al suelo.

Wolfgang Vonnegüt le empujó levemente con el pie para asegurarse de que estaba muerto. El guerrero guardó rápidamente su cuchillo de nuevo en la bota. Gudrid contemplaba el cuerpo en silencio.

-Ya ha pasado todo, muchacha. Ya no puede hacerte daño.

-¿Era necesario?

-¿Cómo?

-Matarle. ¿Era necesario?

-No te entiendo.

-No importa. Seguro que se contarán cuentos y leyendas sobre ti y sobre esta lucha.- La voz de la chica era amarga.

-Debo partir a Salzenmund. Me llevaré el cadáver como trofeo... Creo que deberías volver al pueblo. Tus padres estarán preocupados.

-Sí. Será lo mejor.

-Y no te olvides de contar lo que has visto. Un mercenario necesita una reputación que le preceda.

La muchacha no respondió mientras se enjuagaba una lágrima con el dorso de la mano.



V. EPÍLOGO

-Puedes levantarte. Ya se ha ido.

Grognar se incorporó mientras se acariciaba la mejilla.

–Creo que el combate ha quedado demasiado realista. Me duele el carrillo del golpe.

Wolfgang comprobaba el puñal falso con el que había asestado el golpe inocuo al mutante. -Vamos, no te quejes. No te he golpeado con tanta fuerza. Y además, ese cabrón de Gottfried Bauer casi me ensarta de parte a parte cuando luchamos. Y ése no tenía un puñal de juguete como éste.

-Si no llegas a estar conmigo cuando apareció en la cueva, me hubiese matado. Vuelvo a deberte la vida.

-¿Cuál fue la otra? No me acuerdo.

-En Seuchenshof, cuando descubrieron el truco y tuvimos que escapar corriendo para que no nos linchasen.

-Ah, sí. Bah, no te preocupes. No tiene importancia.

-Sí que la tiene... En fin, ahora debemos recoger el dinero cuanto antes y marcharnos. Los del pueblo no tardarán en regresar para inspeccionar la cueva. ¿Vendiste las reses en Dorfmark?

-Sí. Con el dinero y el de la recompensa por “matarte” tenemos para vivir unos meses a cuerpo de rey. Pero creo que debemos marcharnos a Ostland para la siguiente función. Aquí en Nordland podría reconocernos alguien.

El mutante se sentó en una de las toscas sillas de madera frente a la mesa. Escanció un poco de vino de una bota en dos vasos y le tendió uno al humano.

-Por la "bestia inmunda".

-Por el "valiente y estúpido mercenario".

Ambos rieron, brindaron y bebieron el vaso de un trago. Grognar contempló ensimismado la copa vacía antes de hablar.

-Condenada chiquilla. Casi nos estropea el numerito.

-Fuiste tú quien la eligió como testigo de tu “muerte”.

-Nunca me había importado desplumar a aldeanos gañanes, pero hoy me he sentido un miserable.

-Te entiendo perfectamente, pero tenemos que ganarnos la vida de algún modo, ¿no?

-Ya lo sé, pero ha sido cruel cómo hemos utilizado a esa chica.

-Nunca nadie había intentado salvarte, de hecho, normalmente me jalean a mí para que acabe contigo... Una muchacha muy valiente... Si hubiese más gente como ella, quizás las cosas serían muy distintas.

-No pensemos más en ello. Los aldeanos podrían llegar en breve. Tenemos que movernos.

-¿Sabes? A veces me pregunto qué pensarán los dioses de lo que hacemos. ¿Tú no? Puede que cuando muramos, Morr nos arroje al pozo más hondo de sus infiernos, o Khorne nos torture por toda la eternidad.

-Pues francamente, ni lo sé ni me importa. –Grognar colocó su zarpa en el hombro de Wolfgang y ambos sonrieron. –Sólo sé que valdrá la pena por haber estado al lado del único al que llamar… amigo.
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Re: La Leyenda de Wolfgang Vonnegüt y el Monstruo

Mensaje  Morgan el Jue Mar 04, 2010 4:03 pm

Muy muy buena, como de costumbre. cheers
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