Deber (Sombras de la Hexensnacht)

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Deber (Sombras de la Hexensnacht)

Mensaje  Steiner el Sáb Jun 04, 2011 1:28 pm

Deber (I)

El hombre embozado contempló el extremo de la calle con nerviosismo. Oscuridad y silencio total, sólo roto por los lejanos ladridos de un perro y el suave murmullo del Reik. Parecía como si Altdorf no fuera más que plazas solitarias, pasadizos sombríos, callejones estrechos y tenebrosos. ¿Cuándo llegaría su contacto?

Hans Feuerbach odiaba a la gente impuntual.

Intranquilo, el hombre dio unos pasos hacia delante mientras acariciaba su karl de oro con una cruz grabada, el símbolo con el que los Hermanos Encapuchados se reconocían entre sí. Hacía sólo tres semanas que Hans había cumplido su primera misión: infiltrarse en una secta de adoradores de Tzeentch. Un éxito rotundo, pensó con orgullo. Gracias a él y la información proporcionada, un grupo de asesinos pudo acabar con el líder de la logia, desmantelándola como si nunca hubiera existido. Un grupo de adoradores de los Poderes Ruinosos menos en el Viejo Mundo, y todo gracias a él.

Esa misma mañana había recibido una carta cifrada de su superior, al que jamás había visto en persona, ordenándole que se encontrara con un tal Morgenstern, otro Hermano Encapuchado y se pusiera a sus órdenes, para infiltrarse en una importante secta de Adoradores de Slaanesh. Pan comido.

Hans salió de su ensimismamiento cuando observó a un hombre acercándose a él con parsimonia. Mannslieb apenas iluminaba su alrededor. Era demasiado tarde para que la gente decente se aventurase por las lóbregas calles. ¿Sería su contacto? Desde luego, su aspecto no correspondía al de un poderoso guerrero. A pesar de la escasa visibilidad, pudo discernir a un hombre de aspecto anodino, en la cuarentena, más bien de escasa estatura, completamente calvo y con un espeso bigote. Cuando llegó a su altura, un penetrante olor a alcohol atenazó las fosas nasales de Hans. Un borracho, sin duda.

No obstante, Hans abrió los ojos como platos cuando el hombre le tendió una moneda de oro con una cruz en su anverso y esperó a que le intercambiara la suya. ¿Aquel hombre era el tal Morgenstern?

-Saludos, hermano, yo…

-No tenemos tiempo, novato. Sígueme.

Hans entrecerró los ojos con furia, pero no pudo sino acelerar el paso tras su contacto. ¿Novato? Sus dientes rechinaron de rabia.

-Creo que deberíamos…

El hombre le hizo un gesto para que callara, sacó una petaca de sus ropas y pegó un largo sorbo antes de volver a guardarla.

-Escucha, novato. Yo mando. Tú obedeces. Es fácil de entender.

Hans respiró tres veces para serenarse, intentando que el hombre no percibiera el color de sus mejillas, rojas por la humillación. La Hermandad de los Encapuchados era una organización muy jerarquizada. Era su deber obedecer a alguien más experimentado, aunque se tratara de un cretino borracho como Morgenstern. No importaba. Demostraría a ese engreído que él no era ningún novato.

-Y ahora escucha, novato. La secta de Los Despojadores no se anda con chiquitas. Llevo siete meses entre ellos. Son muy peligrosos. Un descuido por nuestra parte y somos historia.

Hans asintió con arrogancia. No necesitaba que alguien como ese hombre le recordara cómo hacer su trabajo. Morgenstern sonrió.

-¿Ves esto, novato?

Hans parpadeó un par de veces, entrecerrando los ojos e intentando discernir a qué se refería su compañero.

-No veo nad…

Entonces, un rayo de luna iluminó el filo del estilete en el puño del hombre. Los ojos de Hans se abrieron de par en par. En la mano de Morgenstern había un punzón de unos diez centímetros, tan fino que parecía casi invisible.

-Verás, tengo mucho apego a mi vida y no quiero que un novato como tú lo eche todo a perder, ¿entiendes? Si me desobedeces o veo que cometes la más mínima estupidez que ponga en peligro la misión, te clavaré esta preciosidad entre las costillas. Apenas sangrarás. Todo el mundo pensará en un ataque al corazón o algo así.

La sonrisa de Morgenstern se acentuó.

-¿Está claro?

Hans tragó saliva.

-Muy claro.

-Perfecto, novato, así me gusta. Seré breve. Los Despojadores son una secta con especial predilección por los nobles aburridos, ávidos de nuevas sensaciones. Para ellos soy Harold, un acaudalado comerciante de Carroburgo afincado en Altdorf, que se ha cansado de los placeres legales y ha acudido a ellos deseando probar algo nuevo. Creen que me tienen atrapado en sus redes. Tú serás Hans, mi cuñado que, deseoso de placeres más extremos, quiere entrar también en el culto.

-¿Ya está? ¿Nada más?

-No debes preocuparte, novato. Los Despojadores no son especialmente sutiles. No van a interrogarte ni nada por el estilo. La prueba para entrar suele ser de otro tipo.

-¿En qué consiste?

-Suele variar. Lo verás en su momento. ¿Quieres un poco?

Morgenstern había extraído un oscuro polvo de una cajita.

-¿Qué es?

-Mandrágora. Creo que lo vas a necesitar.

El asco se dibujó en la expresión de Hans.

-Ni hablar. Prefiero mantener la cabeza clara.

El hombre se encogió de hombros mientras llevaba el polvo a su nariz y lo aspiraba.

-Como quieras, novato. Hemos llegado.
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Re: Deber (Sombras de la Hexensnacht)

Mensaje  Steiner el Dom Jun 05, 2011 11:04 am

Deber (II)

Hans terminó de anudarse los cierres de la túnica morada. A su lado, Morgenstern le tendió una máscara blanca de carnaval con la efigie de una media luna de expresión malévola. Estaban en un pequeño cuartucho desnudo excepto por un arcón en el que ambos hombres habían depositado sus ropajes.

-¿Que qué es esto? ¿La Cueva? Es el lugar donde se reúnen los Despojadores. Creo que antiguamente era un almacén de grano que estuvo abandonado unos cuantos años. Después lo compró un tal Riedritch –un nombre falso, seguramente- y montó esta especie de local. Es gigantesco. Tiene dos pisos y varios niveles de sótanos que no he llegado a pisar. Un selecto club privado, podría decirse. Aquí acuden esos nobles aburridos de los que te hablé. Bueno, no sólo pisan esto nuestras clases dirigentes. También vienen burgueses y campesinos. Como he podido comprobar, una vez te pones esta túnica y la máscara, ya no hay distinciones sociales entre los clientes.

Hans terminó de ajustarse la máscara mientras giraba su cuello a derecha e izquierda, provocando un crujido audible.

-Relájate, novato. Nada de líos. Esta noche estamos aquí para… digamos, presentarte en sociedad. Si te pasas de listo…

Morgenstern se tocó disimuladamente el costado de su túnica, donde ocultaba el punzón. Hans apretó los dientes pero no dijo nada.

-Veamos, unas pocas reglas a recordar: Una vez crucemos esa puerta, nada de nombres. Verás gente conocida a pesar de las máscaras. No hagas ademán de reconocer a nadie. Recuerda: Eres un mercader aburrido que está dispuesto a vender a su alma por probar las delicias prohibidas que sólo Slaanesh, el Príncipe del Placer, puede ofrecerte. Así que obedece todo lo que te digan. Supongo que no tengo que explicarte qué nos sucederá si descubren quiénes somos en realidad. ¿Estás preparado?

Hans asintió mientras se secaba la palma de las manos contra la túnica e intentaba calmar su respiración.

-Adelante.

Morgenstern abrió la puerta con una sonrisa burlona, mientras se tocaba su máscara azulada, que imitaba el pico de un cisne. Una amalgama de música, vocerío y gritos pareció recibir a los dos hombres, junto con una espesa humareda de algún tipo de penetrante incienso.

Hans abrió y cerró nerviosamente la mano. Vamos, estás preparado, puedes hacerlo, se dijo a si mismo, y dio un paso adelante con determinación.




Los dos hombres avanzaron por un atestado pasillo. Hans se sorprendió de encontrar aquel antro tan concurrido, lleno de misteriosas figuras embutidas en las túnicas moradas. Morgenstern sonrió bajo su máscara.

-No todos son cultistas, por supuesto. –Susurró.- Muchos simplemente vienen deseosos de experimentar sensaciones nuevas. Compréndelo, novato. El Imperio es un sitio represor y la Iglesia de Sigmar está encantada de aplastar bajo su bota a los viejomundanos, reprimiendo sus instintos e impulsos naturales. No es de extrañar que la gente necesite… evasión.

Hans frunció el ceño, extrañado por el discurso blasfemo de su compañero. Éste debió percibirlo a pesar de la máscara y rió.

-Vamos, no me mires así. Un aspecto bueno de la organización a la que pertenecemos es que tenemos bastante… autonomía. No estamos obligados a cerrar el pico y agachar la cerviz ante los Templarios de Sigmar. En fin, prosigamos. El Primer Círculo…

Morgenstern se detuvo al percibir la expresión extrañada de Hans. –El Primer Círculo es donde estamos ahora mismo. Podríamos decir que es la cara visible de la Cueva. Si los Despojadores fueran sólo esto que ves, no habría problemas. No dejarían de ser una especie de sociedad inofensiva donde hombres y mujeres vienen a… echar una canita al aire. Sí, ya sé que si por los Cazadores de Brujas fuese, quemarían este lugar hasta los cimientos y ejecutarían a todos los que nos rodean. Pero la mayoría de la gente que vas a encontrar aquí no deja de ser inofensiva. El Segundo Círculo, por desgracia, es muy diferente.

-¿Segundo Círculo?

-Todo a su tiempo.

Los dos hombres atravesaron los laberínticos pasillos del local. A sus lados quedaban multitud de reservados apenas ocultados por una fina cortina, desde los que se escuchaban veladas conversaciones, jadeos, risas y algún grito ocasional. Hans no pudo evitar detenerse y observar uno de ellos cuando la cortina se descorrió al salir una figura.

Dentro, una mujer desnuda era acariciada y manoseada por tres hombres, también desnudos, que estrujaban sus menudos pechos y pellizcaban sus pezones. La mujer sólo podía jadear mientras ella y sus rudos amantes formaban una confusa amalgama de brazos, piernas, muslos, carne húmeda y sexos dispuestos.

Hans contempló con la boca abierta cómo uno de esos hombres incrustaba con dificultad su verga por el orificio más estrecho de la mujer quien, lejos de parecer molesta, tuvo que morder sus labios para no gritar de placer.

La máscara había caído al suelo y Hans pudo contemplar su rostro pecoso, con mechones de cabellos morenos pegados a su frente empapada de sudor.

-¡Joder! Pero si es la barones… -Hans se tuvo que morder la lengua al recordar las advertencias de Morgenstern. –Y esos tres tipos se la están…

-Follando, sí. Y como puedes ver, hay cola.

Una docena de personas observaba cómo la mujer apenas podía ya sostenerse y se mecía con los ojos entrecerrados y la saliva escapando por la comisura de sus labios, como una muñeca rota por las embestidas de sus amantes, sujeta por los brazos de éstos para no caer al suelo. Un ronco gemido brotó de la garganta de uno de los hombres y, al poco rato, se apartó para ser reemplazado por un nuevo contendiente quien besó a la gimiente mujer antes de penetrarla sin la más mínima delicadeza.

-¡La leche! Y siempre que aparece en público parece una mujer tan recatada… Si la viese ahora mismo su marido…

Morgenstern sonrió y señaló con la barbilla la esquina de la habitación. Un hombre ya mayor sentado en una silla no se perdía detalle de la escena, respirando agitadamente. Hans le reconoció a pesar de la máscara.

-¡Pero si es el barón!

-Debe ser la fantasía de ambos: Ella pasarse por la piedra a todo el mundo que pueda y él contemplar cómo le rompen el culo a su mujercita. Hay gente que eso le excita, lo creas o no. Bueno, debemos seguir.

Sin poder evitarlo, Hans notaba cómo una erección había comenzado a despuntar en su entrepierna.

-Oye y si…

-¿Sí?

-¿Tú crees que…?

Morgenstern rió con ganas.

-¿Participar? Ni hablar. Recuerda tu papel. Se supone que estás hastiado de los placeres convencionales. Buscas emociones mucho más fuertes. Venga, vámonos, novato.

Hans frunció el ceño y salió de la habitación de mala gana, sin poder evitar mirar atrás. La baronesa gemía mientras albergaba en su boca una gruesa y venosa verga. Hans no pudo ver más cuando la cortina se cerró tras ellos, acabando con la función.

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Re: Deber (Sombras de la Hexensnacht)

Mensaje  Steiner el Lun Jun 06, 2011 3:44 pm

Deber (III)

-Aquí acaba lo bueno, novato. Estamos a punto de pasar al Segundo Círculo. La mayoría de la gente que hemos dejado atrás no ha oído en su vida nada sobre los Despojadores o sobre Slaanesh. Ahora, la cosa cambia.

Hans miró a su alrededor cuando cruzó el arco de piedra. Habían descendido por unas escaleras. Probablemente estuvieran bajo el nivel de tierra. Las paredes seguían siendo oscuras, y seguía habiendo los mismos reservados a derecha e izquierda, pero algo parecía haber cambiado. Hans sintió un escalofrío en su nuca, como en otras ocasiones en las que su vida había estado en peligro.

-Puede que la gente con la que te cruces a continuación no sean sectarios de Slaanesh, pero absolutamente todos son unos depravados, unos degenerados de la peor especie que buscan satisfacer sus más bajos instintos. Los placeres del Primer Círculo ya no significan nada para ellos. Necesitan… algo más. Violaciones, torturas, asesinato… Algo novedoso que les haga ser capaces de sentir de nuevo. Los Despojadores están felices de darles lo que piden.

-¡Harold!

Los dos hombres se detuvieron y se dieron la vuelta. Cerca, una mujer se acercaba a ellos con un paso sinuoso. Hans reparó en que no llevaba máscara, aunque su rostro parecía estar cubierto con unos complicados trazos negros. Su piel era oscura y su pelo ensortijado y encrespado. ¿Quizás fuera originaria de Arabia? Desde luego, Hans había visto a pocas mujeres más bellas. La túnica apenas ocultaba sus insinuantes curvas y un provocativo escote. La mujer sonrió y durante un inquietante segundo, al hombre le pareció que sus dientes eran demasiado largos y afilados.

-Ah, mi preciosa Aisha, me aterrorizaba pensar que no iba a disfrutar del placer de contemplaros en toda la noche.

Morgenstern sujetó la mano que la mujer le tendió y se la llevó a los labios. La mujer desvió la mirada hacia Hans, quien tuvo que reprimir un escalofrío. Era como ser contemplado por los negros ojos de un lobo, un depredador que estudia a su presa antes de abalanzarse sobre ella.

-¿No nos vas a presentar, estimado Harold?

-Ya sabéis que no puedo negaros nada, mi bella dama. Se trata de…

-Hans, tu cuñado. ¿Me equivoco?

-Vuestra memoria sigue siendo proverbial, mi señora.

-Querido Hans, parecéis un pajarillo enjaulado. Disfrutad de lo que os rodea. Todos estamos aquí para vuestro placer.

Hans alargó la mano para besar la de la mujer, pero ésta se adelantó y acercó sus labios a los del hombre. Hans se encontró respondiendo a aquel beso, mientras sentía cómo la lengua de la mujer parecía trenzarse sobre la suya. Su erección se volvió dolorosa cuando sintió los firmes senos de la mujer aplastarse contra su pecho.

La mujer rió.

-Ha sido un placer, mi querido Hans. Debo retirarme para acometer los preparativos para la ceremonia. Si necesitáis… cualquier cosa, no tenéis más que llamarme.

La insinuante mirada de la mujer siguió en la mente de Hans incluso después de que la figura se perdiera entre los demás encapuchados.

-No te quedes como un pasmarote, novato. Pareces un jovenzuelo enamoradizo.

-¿Quién era ella?

-Aisha. Una de los miembros de los Despojadores más peligrosos. Creo que empieza a sospechar de mí. Cuando llegue el momento, me temo que tendré que matarla. O quizás sea ella la que me mate a mí. Pero dejemos esas cuestiones por ahora. Ahora, debes ver en qué consiste el Segundo Círculo.




Hans y Morgenstern pasaron a una de las habitaciones del interminable pasillo. Un fornido guardaespaldas de más de dos metros les estudió de arriba a abajo. Hans casi podía jurar que mostraba todos y cada uno de los músculos que puede tener un torso masculino.

La amplia sala estaba parcialmente iluminada por cientos de tenues velas. Tras una puerta cubierta por una cortina negra, salía una suave música. Hans no pudo llegar a ver a los músicos, su mirada fue absorbida por algo más impactante.

En el suelo, tumbados, se hallaban dos figuras humanas, con enormes cadenas colgadas de su cuello. Se trataba de un hombre y una mujer, pero era casi imposible distinguir al uno del otro. Sus cuerpos eran menudos, fibrosos, completamente depilados y con la tez pálida como las tripas de un pescado. Sólo portaban un taparrabos. El vello de la nuca de Hans se erizó. Los brazos y piernas de ambos terminaban en húmedos tentáculos violáceos que se retorcían de forma obscena y sus dientes eran puntiagudos como si fueran una sierra, restallando ocasionalmente con un sonido terrible cuando la mandíbula se cerraba.

-Son los Gemelos. Ten cuidado. Será mejor que no te acerques a ellos.

Hans no necesitó que Morgenstern se lo advirtiera. Fijó la vista en aquello que los dos monstruos contemplaban con ansia. Una joven bailarina desnuda se contorneaba al compás de la música. Su rostro estaba desencajado por el terror, pero no dejaba de moverse ni por un segundo. No obstante, sus movimientos eran algo torpes y cansados.

Cerca, sosteniendo las cadenas que sujetaban a los Gemelos, se hallaba un vejestorio de aspecto casi cadáver. Su lengua se asomaba ocasionalmente entre sus resecos labios, como si fuera una repugnante babosa, mientras observaba lujuriosamente a la bailarina.

Hans miró alarmado a Morgenstern, quien asintió en silencio. Aquel viejo era Grünfeld, uno de los magíster más importantes de la Orden Amatista. Por los dioses, Altdorf está podrida, pensó Hans para sí.

Hans se acercó a su compañero y le susurró:

-¿Qué es todo esto?

-Esa chica debe llevar bailando horas, quizá días. En el momento en que no pueda más, en que se detenga o tropiece, el viejo soltará las correas de los Gemelos.

-No… no entiendo.

-Los Gemelos se lanzarán sobre ella. La devorarán viva.

-No puede ser.

Morgenstern permaneció en silencio. Los hombres encapuchados de la habitación observaban expectantes y nerviosos el angustioso baile de la joven, cuyos ojos imploraban un auxilio que nadie parecía estar dispuesto a dar.

-Tenemos… Tenemos que hacer algo.

La mano del hombre se cerró como una garra sobre el hombro de Hans.

-Recuerda quién eres y por qué estás aquí, novato. Recuerda lo que nos jugamos. No la vamos a cagar ahora. Vámonos. No podemos hacer nada.

-Pero… Pero…

Hans se sintió impotente. Se mordió el labio con frustración hasta hacerse daño. Morgenstern tenía razón. No podían hacer nada. La misión de los Hermanos Encapuchados no era esa, sino recabar información sin intervenir.

La muchacha ya estaba condenada. Si al menos Hans y Morgenstern sobrevivían y podían informar a sus superiores, su muerte sería vengada.

Hans respiró hondo, mientras intentaba pensar en las torturas a las que los Cazadores de Brujas someterían al magíster amatista. Los dos hombres abandonaron la atestada sala mientras el aullido de uno de los Gemelos, anticipándose al festín, invadía sus oídos. Hans imaginó los gritos de dolor de Grünfeld mientras el torno rompía sus huesos uno a uno, ante la sádica mirada de los inquisidores. No, desde luego, no era un gran consuelo, pero Hans se sintió más reconfortado.

-¿Estás bien?

-Sí.

-¿Seguro?

-¡Sí, joder! Estoy bien.

-Me alegro, porque ahora viene lo peor. Llegamos al Tercer Círculo.
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Re: Deber (Sombras de la Hexensnacht)

Mensaje  Steiner el Miér Jun 08, 2011 12:06 am

Deber (IV)

Hans se paró en seco cuando sintió que Morgenstern se había detenido. El pasillo estaba completamente desierto. Un candelabro en la pared iluminaba exiguamente el corredor. Al fondo, una puerta de roble sumida en titilantes sombras parecía aguardarle.

-¿Qué sucede?

-A partir de aquí, continúas solo.

-¿Qué? –Hans sintió algo parecido al miedo atenazarle las entrañas.

-Te aguarda la prueba que determinará si te aceptan en Los Despojadores. Hazlo bien.

-Pero ¿tú a dónde irás? ¿Qué tengo que hacer?

-Estaré cerca. Respecto a tu segunda pregunta, sabes lo que tienes que hacer. Recuerda quien eres. Recuerda tu deber.

Morgenstern comenzó a darse la vuelta y caminar al extremo opuesto del pasillo. Hans quedó demasiado anonadado para pensar siquiera en detenerlo. Con mano vacilante, abrió la puerta y penetró en la oscura habitación.




¿Cuánto tiempo había transcurrido? ¿Media hora? ¿Una hora? Hans había topado con una habitación pequeña con una puerta cerrada. Supuso que debía esperar. Intentó serenarse recordando todas las enseñanzas que Reinar Sölke, su maestro, le había inculcado cuando le reclutó para la Hermandad de los Encapuchados. Una tarea inútil. Estaba demasiado nervioso.

La puerta frente a él se abrió y emergió una figura encapuchada que se acercó lentamente a él. Antes de que Hans pudiera reaccionar, aquel hombre sostuvo algo en la palma de su mano y sopló en su dirección.

Hans tosió mientras un polvo anaranjado penetró en sus vías respiratorias. Al instante sintió un mareo desagradable y un ardor en su garganta. Debía tratarse de algún tipo de droga.

-Sígueme.

Hans respiró varias veces y, con dificultad, se dispuso a seguir al cultista.




La habitación era muy espaciosa. Las paredes de piedras estaban cubiertas por varios tapices en los que podía verse el blasfemo signo de Slaanesh, mostrando la hermafrodita naturaleza del Príncipe Negro. Hans contó doce sectarios, embutidos en sus moradas túnicas. Pero las máscaras habían cambiado. Ya no eran las coloristas caretas de carnaval de antes. Ahora parecían los amenazadores cráneos despellejados de carneros, caballos y otros animales, algunos despojados de carne, otros todavía enrojecidos de sangre y músculos. Todos le observaban.

Hans avanzó lentamente. Nunca en su vida había estado más asustado. No tengas miedo –se dijo a sí mismo –El miedo mata la mente. Eres fuerte, puedes hacerlo.

Uno de los cultistas avanzó un paso. No llevaba máscara. Hans tuvo problemas para escrutar su rostro tras la capucha hasta que se dio cuenta de que había sido bendecido por la Marca de Slaanesh: su piel era oscura como la medianoche, hasta el extremo que parecía absorber la luz.

Cuando habló, su voz era suave, sedosa, seductora:

-Las sensaciones son una rueda. En una dirección está el placer, en la otra el dolor.

Hans respiró más pausadamente. Puedes hacerlo. Puedes hacerlo. Eres fuerte. Puedes soportarlo.

-Si recorres el camino del placer demasiado tiempo, hallarás dolor. Si recorres el camino del dolor, acabarás hallando placer. Debemos recorrer ambos caminos, para experimentar los vastos placeres y dolores que puede ofrecernos nuestro señor.

Otro de los cultistas retiró una sábana sobre la mesa de piedra. Hans pudo contemplar a una chiquilla, maniatada y amordazada. Estaba completamente desnuda. Los escasos vellos en su pubis delataban su corta edad. El hombre alzó la voz.

-Cuando llegue la hora señalada, nos alzaremos de nuestros lugares secretos.

La congregación repitió las palabras del orador, en una feroz letanía in crescendo.

-Cuando llegue la hora señalada, nos alzaremos de nuestros lugares secretos.

El mago sectario tendió una daga curvada a Hans mientras señalaba a la muchacha. La intencionalidad era obvia.

-El Caos cubrirá la región y nosotros, los siervos elegidos por el Caos, seremos ensalzados a Sus ojos.

Hans agradeció portar una máscara, para evitar que el resto de los cultistas pudieran percibir su expresión de horror. Miró a derecha e izquierda, intentando distinguir a Morgenstern. Fue inútil: todos los sectarios parecían iguales, una masa informe de túnicas que aguardaban el fatal desenlace.

El hombre, con la daga en la mano contempló a la niña. Tenía los ojos enrojecidos del llanto y su piel estaba cubierta de moratones, golpes y mordiscos.

¿Tenía que matarla? ¿Era eso lo que se esperaba de él? El orador le contempló con su mirada inescrutable, pero obviamente impaciente. La congregación repetía sus palabras, en un tono siniestro y creciente.

-El Caos cubrirá la región y nosotros, los siervos elegidos por el Caos, seremos ensalzados a Sus ojos.

Hans empuñó la daga. Todo aquello debía ser una pesadilla. Pensó lo más rápido que pudo, mientras notaba su estómago revuelto y unas terribles ganas de vomitar.

Su vista comenzó a nublarse. ¿Quizá un efecto de la droga? Hans parpadeó varias veces, intentando aclarar su visión. El cultista ante él parecía haber desaparecido, siendo sustituido por una Diablilla de Slaanesh. Nunca había visto ninguna, pero había escuchado miles de leyendas sobre ellas. Todas eran ciertas.

Su belleza era tan perturbadora que pareció como si su corazón se paralizara. Su rostro era el de Aisha y su sonrisa hizo que el tiempo pareciera detenerse. “Soy tuya para toda la eternidad”. Ella era la respuesta a todas las fantasías que había tenido a lo largo de su vida. “Sírveme, Hans, sirve al Príncipe Negro”. Una lengua bífida surgió de entre los labios de Aisha. La erección de Hans comenzó a ser dolorosa. “Mátala y me tendrás para siempre”. El cuerpo desnudo de la diablilla se acercó procazmente. “Mátala”.

Hans abrió los ojos. Volvía a estar en el recinto. Le faltaba la respiración.

Quizás pudiera salvar a la chiquilla. Eran muchos sectarios, sí, pero podría apuñalar al cabecilla de piel negra como la noche antes de que nadie pudiera reaccionar. Sí, podría llevarse a uno o dos por delante.

-Gloria a Slaanesh, Príncipe del Placer.

Sí, y quizás entre los cultistas estuviera Morgenstern, que también le ayudaría.

“Si me desobedeces o veo que cometes la más mínima estupidez que ponga en peligro la misión, te clavaré esta preciosidad entre las costillas. Apenas sangrarás. Todo el mundo pensará en un ataque al corazón o algo así.”

Hans tuvo ganas de gritar de frustración. Todo debía ser una pesadilla. No podía estar allí. Quizás de un momento a otro se despertara en su cama. Cerró los ojos.

Volvió a abrirlos.

En la mesa, la niña meneó inútilmente sus bracitos, pero estaba firmemente atada. Sus pequeños ojos se clavaron en él y en su afilado cuchillo e intentó chillar, pero la mordaza se lo impidió. Hans quiso acariciar su mejilla, consolarla, decirle que todo saldría bien.

-Gloria a Slaanesh, Príncipe del Placer.

¿Qué podía hacer? ¿Qué debía hacer? Por un instante, Hans sintió cómo el terror estaba a punto de apoderarse de él. La cabeza le daba vueltas. Agarró con fuerza la daga, hasta que sintió dolor en sus nudillos. Sentía las sienes a punto de explotar.

-Gloria a Slaanesh, Señor del Dolor.

Recuerda quién eres. Recuerda cuál es tu deber. Eres un Hermano Encapuchado, un servidor del Imperio.

-Gloria a Slaanesh, Señor del Dolor.

Hans gritó, mientras alzaba la daga y la descargaba con rabia, una, dos, tres, cuatro veces.

Hans gritó de nuevo.
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Re: Deber (Sombras de la Hexensnacht)

Mensaje  Steiner el Jue Jun 09, 2011 12:55 am

Deber (Epílogo)

Los dos hombres habían caminado durante media hora en completo silencio. Cuando ambos cruzaron el Die Halte Kaiser Brücke, el puente que separaba el distrito comercial de Altdorf con la zona pobre, Hans no pudo resistirlo más. Asomándose, Hans vomitó sobre la oscura masa del Reik hasta que sólo quedó bilis en su estómago. Sus manos se agarrotaron sujetándose a la fría piedra. Su garganta le dolía pero siguió haciendo fuerza.

La mano de Morgenstern se posó en su hombro, sobresaltándole.

-Tranquilo, hermano. Lo has hecho bien.

Hans reparó en que Morgenstern, por primera vez, ya no le llamaba “novato”, pero no sintió el más mínimo orgullo por ello.

-¡¿Bien?! Joder, esa niña… la he… la…

La voz de Hans se quebró mientras notaba que una nueva oleada de bilis inundaba su boca. Lo más rápido que pudo, se inclinó sobre el puente y vomitó con violencia.

-Era necesario. A veces es necesario romper la cáscara para cocer el huevo. La seguridad del Imperio conlleva ese tipo de sacrificios.

-Romper la cáscara… Sacrificios… ¡Son putos eufemismos! ¡La he matado! ¡La he asesinado a sangre fría!

Hans gritó y golpeó la baranda de piedra del puente con su puño hasta sangrar. Morgenstern miró a derecha e izquierda del solitario puente. Por fortuna, nadie les había oído. Abrió la boca para decir algo pero permaneció en silencio. Hans siguió balbuciendo.

-Ella… Esa niña… La seguridad del Imperio… Ella también era parte del Imperio. ¿Qué edad tendría? ¿Diez años? ¿Once?

Morgenstern bufó con desgana. Su rostro era de piedra.

-Puedes seguir torturándote cuanto quieras. Puedes creer que eres un monstruo, que no eres mejor que esos cultistas. Puedes pensar que ya hemos perdido nuestras almas. Y es cierto. Pero, como yo, eres un Hermano Encapuchado y sabes cuál es nuestro deber. Tenemos la tarea más ingrata de todo el Imperio. Tú y yo sabemos que el Caos no son sólo las huestes de kurgans en las fronteras del Imperio. El Caos son las miles de sectas agazapadas que socavan el Imperio desde dentro. Pero a diferencia de los héroes que combaten en Wolfenburgo, en Middenheim o en Kislev, no se escribirá ninguna canción sobre nosotros. Nadie nos echará de menos si esos cultistas descubren quiénes somos y una noche desaparecemos sin dejar ni rastro. Pero la información es vital. Esos héroes de relucientes armaduras y brillantes espadas están perdidos sin lo que nosotros podamos averiguar y transmitirles.

La mano de Morgenstern señaló el lúgubre cielo.

-Quedan pocos días para la Hexensnacht y los cultos del Caos están empezando a revolverse como si alguien hubiera lanzado una piedra a un avispero. Algo va a suceder y es nuestra tarea averiguar qué es. El Imperio depende de nosotros. Dentro de dos días se celebrará un cónclave en la Cueva. Y allí estaremos nosotros. Es nuestro deber.

Las piernas de Hans flaquearon, mientras se pasaba una mano por el rostro, intentando inútilmente limpiarse las lágrimas y la bilis de su rostro. Se sintió muy cansado, como si hubiera envejecido más de veinte años desde que empezara aquella noche.

-Que Shallya nos proteja. ¿Será igual que esta noche?

Morgenstern sonrió sin humor.

-Será peor.
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