Historia de Amor

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Historia de Amor

Mensaje  Steiner el Mar Ene 04, 2011 6:05 pm

Los Demonios del Norte llegaron con la oscuridad.

Desembarcando de su navío con el mascarón del dragón, ocultos por la oscura noche, los guerreros norscas arribaron casi al pie del dormido monasterio de Hargendorf, en Nordland. Blandiendo sus afiladas hachas y espadas, se acercaron sigilosos en el silencio más absoluto, roto solamente por el tintineo de las cotas de malla y por las ahogadas respiraciones, en dirección hacia la fortificación de piedra rodeada por los negros árboles de los milenarios bosques. A por las riquezas prestas a ser cosechadas: Brillantes monedas de oro, reliquias de plata de valor incalculable e indefensos esclavos que esperaban dócilmente a ser capturados como ovejas en el matadero… Matar, arrasar, esclavizar y huir.

A pesar del silencio, pronto la lujuria de sangre hizo su aparición. Las respiraciones, aceleradas por la excitación ante la inminencia del saqueo, se convirtieron en un gruñido que devino en un espantoso rugido de furia anunciando que el infierno se había desatado. Algunos mordían los escudos con tal fuerza que les sangraban las encías, mientras sus ojos se desorbitaban y su visión se teñía de carmesí. Vibrando ante la anticipación de la orgía de sangre que se avecinaba, las bestias agazapadas en las jaulas del alma quedaron libres. No eran hombres. Eran demonios, demonios segadores. Y los monjes del monasterio, sus espigas.



Un joven iniciado de Sigmar llamado Hans Stauch, se escondió en uno de los almacenes del segundo piso mientras se limpiaba la sangre de su sien sin dejar de resoplar. El golpe de espada que el rabioso demonio le había propinado no había sido fatal por muy pocos milímetros y sólo se había salvado por haberse fingido muerto. Cuando el refectorio hubo quedado vacío de aullantes berserkers, reunió el valor necesario para levantarse y huir.

Hans estaba aterrorizado. Se dijo a sí mismo que era un cobarde, que debía agarrar un arma y ayudar a sus hermanos a combatir a los demonios, pero tenía mucho miedo. Sabía que si le descubrían moriría sin remedio o le apresarían para arrastrarle a una vida de esclavitud que terminaría abruptamente en un sangriento sacrificio a los blasfemos Poderes Ruinosos. Sin saber qué hacer, comenzó a orar, Deus Sigmar, qui es in caelis, sanctificetur nomen Tuum…

Su temblorosa voz se acalló cuando escuchó la puerta abrirse con un grave crujido que provocó que su corazón escapara por su boca. Casi sin darle tiempo, logró esconderse detrás de una de las mesas. ¿Le habrían localizado los demonios del Norte?

Temblando, logró reunir el suficiente valor para asomarse desde su improvisado escondrijo. Pudo ver una figura oscura que se acercaba hacia una de las mesas con comida. Cogió una hogaza de pan y la mordió con ansiedad, antes de sujetar una de las botas de vino que el hermano cocinero debía de haber dejado allí de la cena anterior y llevársela hasta el buche. Tras beber un más que generoso trago, la figura se pasó el dorso de la mano por la boca para limpiarse el reguero de vino y eructó groseramente. A continuación, se acercó hacia la chimenea, donde chapoteaba el caldero con las sobras del potaje de la cena encima del mortecino fuego. Las llamas iluminaron al demonio y por fin pudo Hans contemplar su rostro. Un quedo gemido escapó de su garganta cuando lo divisó.

El joven monje había escuchado relatos en los que mujeres de los helados países del norte acompañaban a los hombres a guerrear y saquear, pero siempre había pensado que se trataba de leyendas sin fundamento. No obstante, el demonio que se hallaba frente a él tenía apariencia femenina, sin ninguna duda. Los rasgos de la joven mujer eran toscos y duros, su larga melena castaña caía salvajemente sobre sus hombros; sus brazos, desnudos excepto por un brazalete de plata, estaban tatuados con dragones azules y otros motivos paganos. Una temible espada colgaba de su cinto, presta a ser utilizada.

El corazón de Hans se detuvo cuando su pie golpeó sin querer una botella de barro cercana que rodó por el suelo. El monje tuvo que hacer un esfuerzo titánico para que ninguna blasfemia escapara de sus labios mientras se agazapaba tras la mesa. ¿Le habría oído? En el sótano había ratas. Quizás la mujer no diera importancia al ruido.

Cuando volvió a asomarse, la acerada mirada de la guerrera estaba fija en él y una cruel sonrisa brotó de sus labios. Su rostro era duro y afilado, lobuno, como el de un animal salvaje. La ponzoña del Caos se dejaba ver inequívocamente: Un tercer ojo de un frío color azul se abría obscenamente en la frente de la mujer y le contemplaba con burla y desdén.

Hans no pudo evitar gritar. La mujer, si es que no se trataba de un demonio convocado desde el espeluznante Reino del Caos, se acercó lentamente hacia el tembloroso monje, como un feroz depredador a su indefensa presa. Aunque el muchacho intentó mostrar todo el aplomo posible, interiormente estaba paralizado por el terror. Temblorosamente, sujetó un taburete cercano como protección frente a ella. La mujer norsca casi prorrumpió en carcajadas mientras se lo arrebataba de las manos de un manotazo. Sonriendo aviesamente, avanzó hacia el joven, quien no pudo sino retroceder hasta que chocó contra la pared.

-Vilken underbar slav…

El joven no entendió la grave voz de la mujer, pero sus ojos se abrieron como platos cuando ésta se desvistió lentamente de sus remendados pantalones de piel, revelando un oscuro y poblado sexo, que destacaba entre sus pálidos y firmes muslos. No era la primera vez que Hans veía una mujer desnuda. A veces, junto con otros monjes jóvenes, había acudido al río a espiar a las muchachas del pueblo. Pero nunca había visto ni oído que una mujer pudiera comportarse tan procazmente como aquella.

-Jag vill äta du upp mig. Slicka mig!

A pesar de lo incomprensible de sus palabras, la intención de la mujer quedó clara cuando sus fuertes manos sujetaron al tembloroso Hans por los hombros y le forzaron a arrodillarse, hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del sexo de la guerrera. Ésta apoyó un pie sobre una banqueta, abriendo sus piernas y mostrando su vagina impúdicamente. Hans la contempló con miedo pero, a la vez, incomprensiblemente excitado. Jamás había visto tan cerca un sexo femenino. Una erección comenzó a despuntar en la entrepierna de Hans. El muchacho cerró los ojos, intentando olvidar la visión que el súcubo le mostraba lujuriosamente. Comenzó a orar frenéticamente para no caer en la tentación.

-Domine Sigmar, dimitte nobis debita nostra, salva nos ab igne inferiori…

-Slicka mig!


La mujer, con impaciencia, agarró rudamente a Hans por un mechón de su cabello y estrelló su rostro contra su húmeda entrepierna, refrotándolo y embadurnándole con los efluvios de su interior. Hans, sofocado, no comprendió las palabras que la mujer profería, ronca y temblorosa por el placer.

-Åh, hur bra du gör, slave!

Pronto, Hans hundía su rostro entre los recios muslos de la guerrera y lamía a su pesar los pliegues del sexo de la mujer. Ésta, sin dejar de restregar la cabeza del joven contra sí, jadeaba, mientras el muchacho lamía a conciencia.

Hans no supo cuánto tiempo continuó así. Sobre él, la guerrera, aquel súcubo fruto de la perversidad de Slaanesh, gruñía, con sonidos más parecidos a los de un animal que a los de un ser humano. Presintiendo el orgasmo de la mujer, Hans lamió con más fuerza y avidez, con rabiosos movimientos circulares en torno a la parte superior. El clímax llegó y el joven sintió cómo los flujos del monstruo inundaban su boca, a la vez que un ronco gruñido hería sus oídos.

La mujer tuvo que sujetarse a la pared para no caer, mientras se mordía el labio inferior para no gritar. De pronto, algo pareció llamar su atención. Abrió los ojos y se dirigió hacia la ventana. Sólo entonces Hans fue consciente de los gritos en el exterior y el entrechocar del acero. La blanca tez de la mujer palideció todavía más mientras se asomaba por la ventana de piedra. Los monjes habían logrado oponer resistencia y hacían huir a los norscas a su nave dragón.

Cuando la norteña se dio la vuelta, dispuesta a escapar, se encontró a Hans, cerrando su paso empuñando la espada desenvainada que ella misma había abandonado en el suelo junto a sus pantalones de pieles. La punta del arma apuntaba al corazón del demonio.

Lejos de asustarse, la mujer sonrió entornando los ojos amenazadoramente. Su tercer ojo se clavaba fijamente en él. Dio un paso hacia Hans quien no pudo evitar que su espada temblara.

-Por favor… No… Ríndete… No me obligues… Por favor…

Por toda respuesta, la mujer se sacó por encima de su cabeza el justillo de cuero que vestía, revelando unos pechos menudos y quedando totalmente desnuda. Avanzó hasta que la punta del acero rozó su seno izquierdo y contempló con fijeza al muchacho. Hans, desesperado, no supo qué hacer. Era un súcubo enviado por los Poderes Ruinosos para tentarle y condenarle, un Demonio del Norte, un monstruo cuyos camaradas habían asesinado a cientos de hermanos en sus feroces saqueos, cuya única finalidad era corromper, destruir y saquear el Imperio. Debía acabar con ella. Pero no pudo moverse.

La mano de la mujer apartó lentamente la espada hasta que ésta cayó al suelo. Avanzó sinuosamente hasta que sus labios se juntaron con los del muchacho. Como si de otra persona se tratara, como si fuera una fabulosa pesadilla, Hans se encontró respondiendo a ese lascivo beso. Sin apenas dejar de besarse, Hans se desprendió de su hábito y bajó sus calzones, revelando su pene dolorosamente erecto. Sin que sus labios se separaran, la mujer gimió cuando Hans la penetró y su sexo engulló como si nada la verga. Hans se tendió en el suelo, con la mujer sentada sobre sus caderas.

Así permanecieron durante un buen rato, sin que en la estancia de piedra se oyera más que jadeos, gruñidos y el húmedo golpeteo de la carne contra la carne. Hans cerró los ojos y jadeó, próximo al orgasmo. No tardó mucho tiempo hasta que, con un gemido y una última y espasmódica embestida, Hans comenzó a eyacular, llenando las entrañas de la mujer norsca con su esencia. Mientras lo hacía no pudo evitar abrazar el desnudo cuerpo de la norteña con desesperación, como si fuera a morir si no lo hacía.

Hans quedó exhausto y permaneció tumbado junto a su adversaria. La mujer, jadeante, no estaba en mucha mejor forma que él. Arrastrándose, sujetó la cabeza del muchacho y besó sus labios con fuerza. Luego, ambos quedaron mirándose el uno al otro, vacilantes, como si ninguno de ellos supiera qué hacer.

Fue entonces cuando Hans escuchó las voces de los otros monjes subiendo por la escalera. Alarmado, contempló al desnudo demonio. Supo que si apresaban a la mujer, la pira purificadora sería su destino.

-¡Los monjes vienen! ¡Escóndete!

El temor se dibujó en el rostro de la mujer, que intuía el peligro a pesar de no entender sus palabras. Era el primer signo de debilidad que la mujer exhibía desde la primera vez que la viera, y Hans la encontró adorable, con su indefensa desnudez, su desgreñado cabello pegado por el sudor a su frente, sus tres ojos parpadeando asustados, sus menudos pechos subiendo y bajando por su agitada respiración… No. Mujer o demonio, no estaba dispuesto a permitir que acabara en la hoguera.

-¡Escóndete bajo la mesa, maldita seas!

Hans, apremiante, señaló una de las mesas mientras se vestía apresuradamente. Como pudo, salió al encuentro de sus hermanos, dejando el almacén tras de sí. Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no volver la vista atrás y contemplar por última vez a la mujer norsca, pero no quiso despertar sospechas entre los suyos. Los monjes, armados con herramientas de labranza y algunos martillos, le rodearon.

-¡Hans, hemos logrado rechazarles! ¿Estás herido? ¿Queda por aquí alguno de esos bárbaros?

-Estoy bien. Uno de ellos me golpeó la cabeza. Creo que… Creo que huyó escaleras abajo.

-¡Vamos, hermanos, por Sigmar, expulsemos hasta el último de esos engendros del Caos al negro infierno al que pertenecen!

Los monjes, y Hans con ellos, se lanzaron en persecución del inexistente invasor. Hans rezó para que se alejaran de ella, para que la mujer pudiera llegar hasta su embarcación y escapar. No pudo evitar sonreír ante la paradoja de implorar a Sigmar para que protegiera a un servidor del Caos.

El exterior del monasterio era un hervidero de gritos y continuo movimiento. Unos cuantos milicianos de la aldea cercana habían acudido en cuanto las campanas sonaron a rebato y junto a los monjes supervivientes se habían enfrentado a los saqueadores, logrando rechazarlos tras una cruenta lucha. A lo lejos, los guerreros del norte llegaban hasta la orilla en franca desbandada y comenzaban a desvarar y subirse al barco dragón entre los gritos de júbilo de los monjes.



Habían pasado ya varias horas desde el final de la batalla. Hans había examinado los ocho cadáveres de los guerreros norscas tendidos en la playa. Todos eran varones. Sin poder evitarlo, había suspirado aliviado. Después, mientras el alba comenzaba a clarear en el horizonte, se dirigió hacia el monasterio. El joven iniciado se aseguró de que nadie le siguiera y abrió la puerta del almacén. Como esperaba, estaba vacío. La mortecina luz del fuego de la chimenea todavía crepitaba e iluminaba la estancia. Ni rastro de ella. Durante un segundo, se preguntó si no lo habría soñado todo. Luego reparó en un objeto sobre la mesa. Un brazalete de plata con intrincadas runas labradas rodeando a un lobo en actitud furiosa descansaba sobre el mueble.



------O------

Los gritos de triunfo de los monjes continuaron taladrando dolorosamente los oídos de los guerreros nórdicos mientras la proa de la embarcación rompía la superficie del mar alejándose de la costa.

Hjörtur, El buscarle jefe de la expedición, un gigante pelirrojo de más de dos metros con el rostro consumido por el odio, escupió con rabia al suelo del drakkar.

-¡Es humillante! Esos malditos canijos nos han rechazado. ¡Por Kharnath, ¿cómo han podido…?!

Hallbjörn, otro hombre de poblada barba rubia ayudaba a una empapada mujer a subir por la borda. El encrespado oleaje calaba a todos y obligaba a los guerreros a gritar para poder hacerse oír.

-¡Arriba, Gudrid! ¿Estás bien? Ya te dábamos por perdida. -El norsca se giró hacia el huscarle –Han demostrado ser buenos guerreros. Yo mismo pude ver cómo uno de esos monjes clavaba una azada en el pecho de Gustaffson, nuestro mejor luchador. ¡Murió como un valiente, con la espada en la mano y sin duda ahora parte hacia los Salones de la Gloria! Kharnath, el Dios de los Cráneos, estaría complacido. No hay deshonor en ser derrotado por un buen guerrero. Y esos monjes demostraron ser muy buenos. Nos han follado pero bien.

Gudrid escupía el agua salada que había penetrado en su estómago, mientras un tercer ojo en su frente se abría y cerraba, enrojecido por la sal. Apartándose sus mojados mechones castaños de su rostro, sonrió ante el comentario del gigantón rubio y susurró para sí, aunque ninguno de los dos hombres pudo oír lo que decía.

-No lo sabéis bien.

-¡Esto no quedará así, Hallbjörn! Esos cerdos me han humillado. Voy a ser el hazmerreír del jarl. Pero juro que la primavera que viene volveremos. Y mataremos hasta el último de esos condenados monjes.

Gudrid tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para que su rostro no delatara la alarma que atenazó su corazón. ¿Matar a su monje? Por un momento, se censuró a sí misma. ¿“Su” monje? Se estaba comportando como una estúpida chiquilla enamoradiza. Se sonrojó mientras recordaba cómo, antes de huir, se había quitado de su brazo el brazalete y lo había dejado sobre la mesa para que su monje lo encontrara. Sacudió la cabeza con vergüenza. No era más que un enemigo, ¿por qué demonios le importaba su seguridad? Aunque lo cierto era que ese muchacho, del que ni siquiera sabía su nombre, le había salvado la vida al alejar a sus hermanos frailes de la sala donde ella se escondía. Y las piernas de la mujer todavía temblaban al recordar el placer que sintió cuando su verga invadió su interior.

Viljahjmur, el navegante, sacó a todos de sus cavilaciones.

-Tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos ahora mismo.

A pesar de la oscuridad, el amanecer había comenzado a iluminar el cielo. Su dedo, no obstante, señalaba unas oscuras nubes no muy lejanas que presagiaban una tempestad como pocas se habían visto. La voz de Hjörtur se dejó oír por encima del estruendo.

-¡Maldición! ¡Ni siquiera tenemos esclavos que lanzar a las profundidades para saciar a Mermedus! ¡Remad, perros, y desplegad la vela! Tenemos que llegar a Birka antes de que nos alcance la tormenta.

Mientras agarraba con fuerza el remo y tiraba de él hacia sí, Gudrid agradeció dejar de pensar en sus dilemas internos. En breve se arrepentiría.



Transcurrió un largo y angustioso día sin que la fuerza de los remeros norscas fuera suficiente para dejar atrás la tormenta. Finalmente, la oscuridad les dio alcance, cerniéndose sobre los hombres y transformando el día en noche. El mar pareció poseído por la ira de Mermedus, el cruel horror bulboso que se arrastra por las profundidades del Mar de las Garras, sediento de su tributo de hombres ahogados. Las olas se levantaban salvajemente sobre su encrespada superficie como terroríficas garras que pretendían atrapar la diminuta presa que surcaba su oscura y verdosa piel. La lluvia azotaba sin compasión mientras en lo alto, por entre las lóbregas y tenebrosas nubes, los relámpagos brillaban, iluminando efímeramente el funesto escenario.

El estruendo de un trueno ensordeció durante unos segundos la canción hiriente que silbaba el viento alrededor de los guerreros. La voz de Hjörtur, espoleando a los remeros, era apenas audible. No obstante, los norscas prosiguieron su acompasado movimiento de remos, conscientes de que el cielo podía caer en cualquier momento sobre sus cabezas y sólo su fuerza podría salvarles de un ominoso destino.

Los primeros gritos de terror brotaron cuando una gigantesca ola se levantó por babor, un muro negro que eclipsó la oscuridad en torno al barco. Gudrid alzó su vista hacia aquel espumeante y horrendo techo que durante un eterno latido permaneció inmóvil, envolviendo al barco. Su mente quedó paralizada hasta que, en el siguiente latido, un fragor colosal llenó sus tímpanos y arrasó su cerebro. El agua, como la mano de un gigante enfurecido, la aplastó contra el suelo y la arrastró por la cubierta, entre gritos y bramidos de dolor y espanto.

El cuerpo de Gudrid chocó con algo. Quizás fuera otro hombre, quizá una parte del drakkar. Su centro de gravedad había cambiado repentinamente y no era capaz de decir qué era arriba y qué abajo. El dolor la inundó y temió que varias de sus costillas se hubieran roto. Dejando de pensar y actuando por instinto, como un animal rabioso de dolor, Gudrid se lanzó hacia el palo mayor de la embarcación y se aferró con todas sus fuerzas. El agua la inundó, penetrando por su boca y sus fosas nasales. Apenas fue consciente de que la nave había sido hundida por la ola y, segundos después, volvía a emerger con violencia.

Gudrid contempló algunos cuerpos de sus compañeros que flotaban y acto seguido desaparecían tragados por el voraz mar. Cerca, aferrado a un travesaño, pudo ver a Hjörtur, con los ojos muy abiertos y enloquecidos, su mirada despojada de cordura. La mujer supo que el huscarle había escuchado la canción de Kweethul y enloquecido. El hombre clavó su extraviada mirada en ella y sonrió cruelmente, desenvainando su espada y soltando su asidero, despreciando la efímera seguridad en la que se hallaba y jugándose la vida para arrastrarse hasta ella y asesinarla, un último tributo al Dios de la Sangre antes de morir.

Gudrid se preparó. Los frenéticos aullidos del hombre eran ahogados por el rugido de la tempestad. No tendría una segunda oportunidad. Cuando Hjörtur se abalanzó hacia ella, la mujer le propinó una patada que le derribó sobre el suelo de madera. En el segundo siguiente, la cubierta osciló y el extremo de babor subió violentamente, levantando densas alfombras de agua. El terror se dibujó en los ojos del buscarle mientras fue perdiendo gradualmente asidero y cayó por la borda, desapareciendo de la vista de la mujer.

Gudrid no tuvo tiempo de sentirse segura. Al momento siguiente, se escuchó un estremecedor crujido. La mujer apenas se percató de que las cuadernas se desgajaban, como la cáscara de una nuez bajo el mazo, pero, como una súbita revelación, supo que el barco se hundiría y que ella moriría en esa tempestad asesina.

Sin atreverse a moverse, cegada por el agua y la sal, permanecía aferrada al palo mayor, mientras sentía su cuerpo helado, calado por la fría lluvia y mar. Había vomitado el contenido de sus tripas empapadas en agua de mar y sólo le quedaban ácidos que toser agónicamente. Cada segundo que permanecía sujeta era una pesadilla atroz de dolor y sufrimiento. Sabía que si se soltaba, llegaría el fin y, con él, la paz. Pero no se rendiría. Era una guerrera norsca y lucharía hasta el final.

A pesar de que sólo transcurrieron unos instantes, a Gudrid, atiborrada de maravillas y horror, le pareció que se sucedía una eternidad mientras contemplaba cómo la cubierta del drakkar se partía en una larga grieta desde la proa a la sección media, con un espantoso ruido que a la mujer le pareció el bramido de dolor de un animal, como si el barco agonizara herido de muerte. Una ola brutal embistió de frente a la nave, arrancando la otrora orgullosa cabeza del dragón y levantando entre blanquísima y ensordecedora espuma una nube de maderos y tablas desgajadas. La mujer norsca, quizás la última superviviente del barco, escuchó cómo el palo mayor, su último refugio, crujía espantosamente y vio caer la punta desde lo alto. Apenas tuvo tiempo para gritar. Un pedazo de esos mortíferos restos se estrelló contra su cabeza sumiéndola en la más absoluta oscuridad.



-Despierta, guerrera.

Gudrid abrió los ojos, desconcertada. ¿Seguía viva? Eso era imposible. La oscuridad la envolvía, pero oía sin dificultad el ulular del viento a su alrededor y podía oler la sal y la humedad en su piel. Comenzó a incorporarse. El suelo sobre el que yacía parecía tierra firme. Fue entonces consciente de su desnudez. El aire movía su cabello, haciéndolo ondear salvajemente. No notó dolor alguno, sino que, por el contrario, se sintió pletórica, viva. Sus fosas nasales se vieron invadidas por un fétido hedor metálico, como a… sangre.

De pronto, un trueno retumbó y un relámpago iluminó su alrededor. Las nubes, de un intenso color rojo carmesí, se arremolinaban en el firmamento, cargadas, como si en cualquier momento fueran a vomitar un caudaloso torrente de sangre. Tierra árida y muerta se expandía hasta donde la vista alcanzaba, sólo rota ocasionalmente por una extraña maleza, de la que surgían espinas y dientes que mordían el aire en busca de la carne de los vivos. Gudrid abrió los ojos como platos. Se hallaba en el Ojo del Caos.

Frente a ella, se alzaba quien acababa de hablar. Era un monstruo temible, de un tamaño inmenso, con la piel roja rezumante y una crin de trenzados cabellos apelmazados por la sangre. Su rostro, aunque parcialmente oculto por un yelmo de bronce, se adivinaba furioso, bestial, y la parte inferior de su cuerpo era una amalgama imposible de cabra y toro. Su cuerpo parecía estar cubierto por las placas de una horripilante armadura atornillada directamente a la piel y fusionada con su carne. Y pegadas sobre su armadura, las caras arrancadas de sus víctimas, inmóviles en un último y agónico grito, como una macabra parodia de los pergaminos de pureza que usaban los sacerdotes del Viejo Mundo. Aquel titánico ser era la personificación de la muerte, el devorador de almas, el señor de los cráneos.

-¿Kharnath? –La voz de Gudrid tembló.

La terrible voz retumbó, ensordeciendo a la mujer. Un hedor a matadero llegó hasta su nariz.

-Aunque tu cerebro sea incapaz de entenderlo, podría decirse que soy parte de aquel al que los tuyos llaman así. Estoy aquí para conducirte hasta los Salones de la Gloria.

Gudrid tembló cuando observó la ciclópea edificación a espaldas de la deidad, aunque nada se hallaba allí segundos antes. Maravillada, a través de una imponente puerta de metal, pudo atisbar una gigantesca fortaleza con cientos de puertas y un tejado a base de escudos y armaduras. A sus pies, se hallaban unas blancas montañas y frondosos bosques de una belleza que cortaba la respiración. En uno de esos bosques cercanos, Gudrid pudo discernir a hombres y mujeres cantando y riendo, apurando cuernos de cerveza e hidromiel, ajustándose las armaduras preparándose para la batalla.

Entre ellos estaría…

-Padre…

Gudrid no se atrevió a moverse, mientras sus ojos se humedecían. Apenas recordaba ya el rostro de su padre, sonriente mientras partía a una incursión de la que jamás regresaría. Pero sí pudo evocar su severa mirada y sus enseñanzas. Recordó cómo la entrenó en el arte de la guerra, cómo la contaba historias sobre las creencias norscas, cómo los guerreros del Norte, los elegidos por los Dioses, viven en un mundo que es una ilusión cuyo fin es ponerles a prueba. Los norscas que prueban su valía están destinados a morir en combate, luchando, despertar y llegar a los Salones de la Gloria. Gudrid recordó el orgullo en la mirada de su progenitor cuando ella le dijo que quería embarcarse en una expedición de saqueo.

-¿Puedo… Puedo entrar?

El gigantesco ser rió.

-Los Salones de la Gloria es un reino para los guerreros, sean hombres y mujeres. En él habitan los elegidos del Caos que lucen su Marca, tal y como tú la portas en tu frente. Tú serás uno de ellos. No obstante…

Gudrid sintió cómo su corazón palpitaba.

-No obstante, -prosiguió aquel ser –hay una última prueba que debes cumplir. Para servir a los Dioses del Caos y convertirte en uno de sus Elegidos, debes ser un guerrero completamente libre. Y tú, todavía no lo eres. Debes cortar tus últimas ataduras a los Reinos de la Piel antes de unirte a las huestes del Caos.

-¿Cortar? No entiendo. ¿A qué os referís?

-Un verdadero guerrero no puede sentir piedad por sus presas. Y tú has llegado a amar a una de ellas. A un enemigo, un infraser viejomundano. Debes acabar con él antes de entrar en los Salones de la Gloria. Debes liberarte.

El demonio señaló algo detrás de Gudrid. La mujer se giró en redondo y contempló un cuerpo en el suelo a escasos metros. No transcurrió un segundo hasta que disntinguió la figura desvanecida de su monje. Una gélida garra atenazó las entrañas de Gudrid.

-¿Él? ¿Aquí? ¿Pero cómo es posible?

-Su cuerpo duerme en el Viejo Mundo, pero su alma ha sido traída aquí para que puedas matarle y asumir tu sino.

El ser señaló una espada que acababa de aparecer súbitamente en la mano de Gudrid. La mujer la observó como si en cualquier momento aquel arma fuera a convertirse en una serpiente y morder su mano.

-Acaba con él. Cumple tu destino.

-¡No! No podéis pedirme que haga eso. ¡No lo haré!

La voz del demonio retumbó con cólera, provocando que la mujer temblara de pies a cabeza.

-¿Renunciarías a los Salones de la Gloria, a las bendiciones de los Dioses del Caos por la vida de un enemigo? ¿De un miserable viejomundano que ya se habrá olvidado de ti?

Gudrid tragó saliva, luchando para que su voz no se quebrara.

-Renuncio. Soy una guerrera, no una asesina despiadada.

Aquel ser pareció crecer, mientras su rostro se transformaba en una espantosa máscara de furia. Gudrid retrocedió un paso.

-¡Estúpida inconsciente! ¡Desgraciada! ¡Has saboreado la gloria del combate y conocido el éxtasis del derramamiento de sangre! ¡Has sido bendecida por los Dioses con la Marca del Caos! ¡¿Y renuncias al privilegio de servir a los Poderes Ruinosos, renuncias al poder sin límite, por no ser capaz de acabar con la vida de un enemigo?!

Gudrid contempló con pesar el desmayado rostro del monje. Después se volvió con determinación hacia el demonio. Arrojó la espada al suelo, que cayó con un metálico estruendo.

-Sí. Renuncio. El precio es demasiado alto.

-¡Sea! ¡Tu sangre será derramada y tu cráneo formará parte del Trono de Khorne! ¡Sangre para el Dios de la Sangre!

La sangre que exudaba del titánico cuerpo de aquel diabólico ser cayó al suelo en gruesos goterones y de cada uno de ellos, brotó un demonio. Aquellos seres eran humanoides altos y delgados de rostros bestiales y rugientes, retorcidos por la furia. Sus monstruosos semblantes estaban enmarcados por cuernos que salían de ambos lados de sus cráneos. Su piel, roja como la sangre, parecía dura y resistente como el bronce forjado en yunques de guerras incesantes. Los demonios rugieron mientras enarbolaban unas espadas de aspecto temible y se abalanzaron sobre Gudrid, riendo y entonando blasfemos himnos con los nombres de aquellos que habían asesinado en combate.

Gudrid permaneció paralizada mientras los Desangradores cargaron contra ella. Ni siquiera pensó en recoger la espada y hacerles frente. Habría sido inútil. Tuvo tiempo de pensar una última vez en el monje, su monje, del que ni siquiera sabía su nombre y al que jamás volvería a ver, mientras las afiladas hojas rasgaban su desnudo cuerpo y la sangre inundaba su boca mientras gritaba por última vez.



Y lejos, muy lejos, en el fondo de un negro océano esmeralda, el cadáver de una mujer norsca reposa sobre el cieno. La pesada armadura de cuero y su cinto con la espada la impiden flotar hacia la superficie. Su cuerpo se deshace lenta pero inexorablemente mientras peces y cangrejos mordisquean caprichosos su azulada carne. Las suaves corrientes submarinas mecen su castaña cabellera mientras las algas abrazan su espalda, sus pechos, sus muslos. Poco a poco, la piel se escama y se abre, y los pequeños carroñeros hacen su trabajo mientras el cieno, las algas y los brillantes corales comienzan a cubrirla hasta hacerla desaparecer.



Los viejos huesos de Hans se quejan por el reuma. El anciano apaga la luz de la vela mientras juguetea con el brazalete entre sus arrugadas manos. Está muy cansado, mientras se tumba en el duro camastro de sus fríos aposentos en el monasterio para dormir. Han transcurrido muchos años, demasiados, desde aquella noche. Ni siquiera fue capaz de confesar al abad los nefandos pecados que cometió. Pero no se arrepiente. Nunca llegó a saber qué le sucedió a la mujer, ni siquiera llegó a saber su nombre. Pero nunca ha sido capaz de olvidarla. Hans sonríe, mientras sus viejos parpados se cierran lentamente por última vez.


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