Regreso al hogar

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Regreso al hogar

Mensaje  Steiner el Dom Jul 11, 2010 1:50 pm

Wolfenburgo.

De niño, odiabas la ciudad con toda tu alma. Con sus calles atestadas y bulliciosas, su algarabía constante, sus mercaderes vociferantes… Cada noche rezabas para que, como sucedió en Mordheim, Sigmar enviara un meteoro de doble cola que arrasara esa ciudad hipócrita y cruel y os sumiera a todos en un infierno de sangre y fuego.

Mientras contemplas las ruinas de lo que queda de la ciudad, podría decirse que tus plegarias fueron oídas, si no por Sigmar, sí por alguna deidad vengativa. Una deidad burlona que te ha vuelto a traer al sitio que juraste no volver a pisar jamás.

La compañía de mercenarios a la que perteneces, para tu desgracia, ha recalado en Wolfenburgo, contratada por Von Raukov, el Conde Elector de Ostland, para intentar poner un poco de orden en la maltrecha capital. Pensaste en desertar, pero acabar bailando de una soga no es una opción muy atractiva. Además, aquello pasó hace ya muchos años. No quieres volver a tener otra pesadilla tan terrible como la de anoche, sobre el monstruo y el cuarto oscuro. Quizás los dioses te han traído a Wolfenburgo para que puedas afrontar y superar tus miedos.

Atraviesas las calles ruinosas con precaución, mientras posas tu mano en la empuñadura de tu espada. Las huestes de Archaon, el Señor de los Tiempos ya hace tiempo que partieron, pero las calles de Wolfenburgo distan mucho de ser un lugar seguro. Saqueadores, vagabundos hambrientos que harían cualquier cosa por conseguir cualquier tipo de comida, agresivos perros famélicos y horrores inenarrables que hicieron de la arrasada ciudad su hogar se ocultan tras cada esquina.

Te ajustas el pañuelo en la nariz. El olor a podredumbre es nauseabundo. Los muertos se apilan en las calles, sin que a nadie le queden fuerzas o ganas de enterrarlos. Los fuegos brillan entre las ruinas, alimentados por los gases de algún hinchado cadáver o por los charcos de grasa humana de las pilas de cuerpos. Ya no falta mucho para llegar a tu destino.

El canto fúnebre del río puede oírse en la lejanía, apenas ahogado por el viento en las desiertas calles. Permaneces ante la entrada a la vieja mansión. Poco queda ya de su antiguo esplendor.

La mansión de tus padres está abandonada, como casi todos los edificios de la zona noble de Wolfenburgo. Con su promesa de botín fácil, fueron aquellos en los que más se cebaron los kurgans. La puerta está abierta, desvencijada, invitándote a entrar con chirriantes quejidos.

El miedo te atenaza. La fachada está ennegrecida, como si el edificio hubiera sufrido un incendio. El aire a tu alrededor es más frío, helando el sudor que comienza a resbalarte por la frente. Abres y cierras las manos, mientras sigues contemplando el edificio, oscuro, siniestro, burlón.

Tienes miedo, sí. Nunca has dejado de tenerlo. El temor es infundado, te dices a ti mismo, pero no puedes evitar estremecerte. Todo aquello sucedió hace ya más de veinte años. No tienes nada que temer. Ni de tu padre, muerto cuando con diez años le clavaste más de diez centímetros de acero entre las costillas antes de huir de tu casa, ni del monstruo del cuarto oscuro. Aún así, las pesadillas te han acompañado durante toda tu vida, como fieles compañeras.

Como en un sueño, entras vacilante en tu antiguo hogar.

El techo parece a punto de derrumbarse. Desechas rápidamente un impulso de recorrer la casa y recordar épocas ya pasadas. No pierdes tiempo. Los recuerdos infantiles se borraron de tu cabeza hace ya mucho tiempo. Salvo aquellos que te han aterrorizado durante toda tu vida.

Sin haber sido consciente de ello, estás delante de la habitación. El cuarto oscuro. No eres capaz de ver en su interior. El cuarto parece completamente negro, como si la luz no pudiera atravesarlo. La oscuridad se asemeja a un ser vivo, movedizo, una masa susurrante que parece esperarte. Los terrores de tu infancia vuelven a tu cabeza, aunque sabes que jamás llegaron a abandonarla.

Respiras cuando te has dado cuenta de que has estado conteniendo el aliento. El cuarto oscuro. El cuarto que ha poblado tus pesadillas desde que has tenido uso de razón. El cuarto en el que tu padre te encerraba como castigo cuando hacías algo malo.

De repente, haber entrado en tu antiguo hogar para enfrentarte a tus miedos ya no te parece tan buena idea. Tus piernas flaquean, incapaces de sostener tu propio peso.

Estás sobrecogido. Desafiar a la oscuridad. Parece tan fácil. Durante tu vida como soldado, has afrontado situaciones mucho peores. Te has enfrentado a ejércitos de guerreros del Caos que quebraron la cordura de hombres más débiles que tú. Has luchado contra espantosos hombres bestia capaces de arrancar la cabeza de un hombre de un bocado y devorarla. Y has sobrevivido. ¿Qué es ahora entrar en el viejo cuarto? Nada. Pan comido. Casi puedes escuchar la respiración del monstruo, aguardándote, acechando en el interior del cuarto.

Recuerdas la imagen que ha atormentado tus sueños desde tu infancia. Es el momento de que desaparezca. Para siempre. Respiras profundamente. Un paso. Cruzas el quicio de la puerta. Hace frío. Tu vejiga pugna por vaciarse.

Otro paso. Cierras la puerta detrás de ti. Dejas de ver nada. Oscuridad. Sólo oscuridad a tu alrededor. Vamos, te dices a ti mismo. Sólo unos pasos más. Sólo tienes que tocar la pared enfrente de ti y salir. Es fácil…

Los ruidos exteriores parecen haber desaparecido, siendo reemplazados por otros más inquietantes: el raspar de algo contra la madera, murmullos de agua fluyendo, pasos que se detienen y cuchicheos ahogados.

Tragas saliva y estás a punto de retroceder. Deseas volver con tus compañeros, reírte con ellos alrededor de una hoguera en el campamento, emborracharte hasta caer inconsciente. Pero no puedes. Sabes que si lo haces, las pesadillas te acompañaran durante el resto de tu vida. Vamos, joder, sólo es un estúpido cuarto oscuro. El cuarto donde tu padre te encerraba cuando te portabas mal, mientras llorabas y gritabas hasta desgañitarte, implorando que te dejara salir, que serías bueno, que harías todo lo que él te ordenara, incluso eso que a él tanto le gustaba y que tú odiabas con todo tu corazón, mientras en la oscuridad, el monstruo extendía sus brazos negros con garras como garfios para agarrarte y apresarte y desgarrar tu carne y desparramar tus entrañas por el sucio suelo.

Vamos, son sólo un par de pasos más. Un par de pasos más y ya estará hecho. Extiendes la mano para palpar la pared, pero… ¿Y si tu mano choca contra el monstruo? ¿Y si la agarra y te…? Cállate. Cállate. Cállate. Ya estás demasiado asustado como para encima dejarte aterrorizar por tu imaginación.

Otro paso. Jadeas de puro miedo. ¿No lo sientes? Está a tu lado. El monstruo está a tu izquierda. ¿O es a tu derecha? Unos susurros llegan a tus oídos. Una ráfaga de aire agrio y viciado acaricia tu rostro, junto a extraños murmullos y sonidos arrastrados por una inexistente brisa.

Otro paso. Respiras con dificultad. Casi te estás ahogando. Tu mano choca contra la pared. A punto estás de gritar. Intentas serenarte. Ya sólo tienes que salir de allí. Darte la vuelta y avanzar.

Pero… ¿Y si nunca encuentras la puerta? ¿Y si no se abre? ¿Y si te quedas toda la vida encerrado en el cuarto oscuro, junto al monstruo?

Le oyes. Esta vez no es tu imaginación. Un gorgoteo, una cruel risita ahogada. Está avanzando lentamente hacia ti, sin apresurarse, sabedor que su presa, tú, está lista. El monstruo ha sabido ser paciente. Han transcurrido veinte años, sí, pero tú te has arrojado en sus garras, y ahora estás perdido. Te atrapará, te matará y te devorará.

¿Cómo podías haber supuesto que escaparías alguna vez de esto? A la luz del sol disipabas tus terrores con una carcajada, pero en la oscuridad, el monstruo existe de verdad. Palpas tu cinto, buscando temblorosamente tu espada, pero no está. De pronto, has vuelto a la niñez. Sabes que si pudieras verte, verías que te has transformado en un chico de ocho años, asustado, aterrorizado, bañado en lágrimas y terrores indescriptibles. Solo. Con la soledad de los niños encerrados con sus sentimientos indescriptibles, en infiernos interiores cuyos pasadizos se extienden, desapercibidos, hasta la edad adulta.

Escuchas tu nombre, susurrado en tu oído. Tu corazón se detiene durante un segundo y el vello se eriza por todo tu cuerpo. Tu primera reacción es echarte al suelo y gimotear asustado, hecho un ovillo, esperando a que las garras penetren en tu carne. ¿Qué otra cosa puede hacer un niño indefenso?

Abres los ojos, aunque no puedes ver nada. Sí, tienes miedo. Pero no vas a dejar que te domine. Das un paso.

Y otro. A tu alrededor, el monstruo brama, furioso, mientras se acerca apresuradamente hacia ti, enarbolando sus garras como cuchillas, listo para rajarte de arriba abajo, listo para sacarte los ojos y comérselos. Pero no tienes miedo. Ya no. Das otro paso.

El último paso. Tu mano se aferra al pomo y abres la puerta. La luz te ciega por unos instantes, mientras ríes de pura felicidad y tus ojos se humedecen. Miras a tu espalda. El cuarto está vacío. No es sino un asqueroso cuartucho vacío.

En la calle, miras al cielo. Oscurece, parece que va a llover. Sonríes mientras te diriges al campamento. Ya nunca más volverás a tener pesadillas.

Nunca más volverás a tener miedo.

Nunca más.
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