Monstruos

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Monstruos

Mensaje  Steiner el Mar Jun 22, 2010 12:53 am

Hans se despertó en medio de la noche, sobresaltado. ¿Había sido su imaginación o…?

El cuerno volvió a sonar.

Lo más rápido que pudo, Hans saltó de la cama y comenzó a vestirse. Los rescoldos de la chimenea todavía iluminaban la estrecha habitación. Sus manos temblaban mientras se ajustaba las botas. No tuvo tiempo de abotonarse el chaleco. Con la mayor celeridad, abrió el arcón. La vieja espada estaba allí. Hans había rezado mil veces para no tener que volver a empuñarla. Como tantas otras veces, los dioses se habían burlado de sus oraciones.

El sonido del cuerno volvió a rasgar la noche.

Hans comenzó a escuchar pasos y gritos en las calles del pequeño pueblo de Ostland. El joven campesino ató la espada a su cinto y guardó una daga en su bota.

-Hans… ¿qué es lo que…?

La adormilada voz desde la cama le sacó de sus cavilaciones. Una mujer rubia con el pelo revuelto le miraba con una mezcla de sueño y preocupación. Estaba preciosa. El muchacho dio dos zancadas para llegar a ella y le plantó un beso en su frente.

-No pasa nada, Hanna. A lo mejor es una falsa alarma. Voy a ver.

El cuerno sonó de nuevo.

La mujer no dijo nada, pero ambos sabían la verdad. Sólo había un motivo por el que el centinela soplaría el cuerno durante la noche.

Hans llegó corriendo a la empalizada. El pueblo era un hervidero de gente corriendo sin sentido. Unos pocos intentaban imponer algo de orden, mandando encerrarse en sus casas a mujeres y niños y dirigiendo hacia la cerca a aquellos que empuñaban un arma.

Desde el cielo estrellado, Morrslieb parecía burlarse de la desesperación de los insignificantes hombres a sus pies. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Hans al atisbarla un segundo antes de empezar a subir con determinación la escala de madera. Divisó la figura del viejo Hubert, con su sempiterna pipa de madera y se dirigió corriendo hacia él. No tuvo que preguntarle nada, tan sólo limitarse a seguir su mirada hacia la oscuridad.

Pero ya no había oscuridad. Centenares de antorchas se habían encendido en el bosque. Los gritos y bufidos de los hombres bestia llegaban con claridad hasta sus oídos. Cientos, miles, como una oleada oscura de cucarachas correteantes entre los árboles del bosque milenario, cubriendo la tierra hasta donde la vista abarcaba. Hans tembló sin poder controlarse. En todo el Viejo Mundo, a los niños se les enseña a temer a los hombres bestia antes siquiera de aprender a hablar o caminar.

-Por Sigmar, nunca jamás había visto tantos…
-Los cabrones han prendido las antorchas cuando ya estaban cerca. Mira atrás, muchacho. Han rodeado el pueblo. No quieren que ninguno de nosotros escape.

Hans quedó boquiabierto, sin saber qué decir. El miedo amenazaba con vaciarle la vejiga mientras contemplaba como los hombres bestia comenzaban su aproximación. Brutales mugidos eran seguidos por el sonido del látigo, mientras los gors más fuertes, con sus cabezas de carnero coronadas por terroríficos cuernos, azuzaban a brays y a mutantes para que avanzaran hacia el pueblo. El joven casi pudo distinguir las decapitadas cabezas humanas con la boca abierta en un último y agónico grito ensartadas en los estandartes abominables consagrados a los Poderes Ruinosos.

-Pero, ¿por qué? ¡Mierda! Somos un pueblo pequeño. No somos una amenaza para ellos. ¿Por qué simplemente no nos ignoran?
-Creo que buscan provisiones.

Hans se giró hacia Hubert con incredulidad.

-En un pueblo como el nuestro no hay más de tres o cuatro vacas. No les durarían ni un día…
-¿Quién está hablando de vacas, muchacho?
-¿Qué demonios estás…?

Hans enmudeció, cuando entendió lo que el viejo quería decir. Durante casi un minuto quedó paralizado hasta que supo qué tenía que hacer. Bajó a toda prisa la escalera.

-¿Dónde vas, muchacho? ¡Vuelve aquí! ¡Van a atacar de un momento a otro!

Hans se dirigió corriendo hacia su casa. Mientras, el suelo comenzó a temblar y un espantoso rugido que brotaba de miles de gargantas inhumanas ahogó todos los sonidos, como si el infierno se hubiera desatado. A pesar de no poder verlo, sintió cómo los hombres bestia comenzaron a cargar contra la frágil empalizada del pueblo. Su visión se enturbió por las lágrimas mientras cerraba con fuerza los dientes para no gritar. No podía dejar de pensar en horribles visiones de los hombres bestia destrozando la puerta de su hogar, entrando y riéndose de los desgarradores gritos de su mujer mientras avanzaban implacables hacia ella. No. Jamás dejaría que los monstruos pusieran sus zarpas sobre Hanna. Jamás dejaría que la hicieran daño.

-¿Hans? ¿Qué sucede…?

Por un momento, Hanna tuvo miedo de la expresión enajenada de Hans cuando entró en la estancia. Las lágrimas corrían por su mejilla.

-Te quiero, Hanna. Perdóname.

La mujer abrazó a su marido, confundida, intentando reconfortarle, calmarle, decirle que todo saldría bien. Los labios de ambos se juntaron, sin que Hanna llegara nunca a divisar la afilada daga en la mano de Hans.




Heinrich se recostó en el suelo, mientras examinaba su brazo. Había tenido suerte. La flecha sólo le había rozado. A su alrededor, las hogueras del campamento iluminaban el claro del bosque. Apenas eran necesarias. Lejos, pero muy visibles, se percibían sin dificultad las llamas que reducían a cenizas el pueblo que los hombres bestia acababan de arrasar. Heinrich dio gracias a los dioses porque los gritos agónicos de los prisioneros mientras eran devorados vivos habían ido extinguiéndose.

Alrededor de Heinrich, los brays, los hombres bestia nacidos sin cuernos, gritaban en su extraño idioma, mientras se ladraban y atacaban unos a otros luchando por conseguir la mejor pieza de la carne que les habían arrojado los gors.

Intentó alcanzar uno de los trozos, pero un bray le golpeó y le arrojó al suelo, mientras bufaba desafiante antes de desaparecer con su trofeo.

Monstruos. Eso soy ahora, se dijo a sí mismo, cuanto antes lo asumas, mejor será.

Un espeluznante bestigor pasó cerca. Heinrich se apartó de su camino a toda prisa, asustado. Un bray no tuvo tanta suerte y recibió un fuerte golpe que le partió el cuello. Su cadáver cayó sobre Heinrich, golpeando una de sus piernas terminadas en pezuña, lo que le arrancó un grito. Un rugido sacudió la noche cuando el bestigor elevó su hocico de carnero y bramó enfurecido, retando a cualquiera que estuviera cerca a mirarle siquiera. Heinrich agachó la cabeza y se sumió en sus pensamientos, mientras el estómago le rugía de hambre.

De pronto, una mano se posó en su hombro. Asustado, se giró gruñendo sólo para encontrar a una mujer que le miraba.

-Es lo que he podido agarrar. No es mucho pero servirá.

El rostro de la mujer era espantoso. Su nariz era más parecida a un hocico de apariencia bestial fruncido en un gesto furioso. En sus manos sostenía un pedazo de carne todavía sangrante.

-Gracias, Helga.

Una grotesca mueca que pretendía ser una sonrisa se dibujó en la cara de la mujer mientras partía como pudo la carne y se la tendía al hombre.

Heinrich se lo llevó a la boca y lo desgarró para tragarlo con celeridad, antes de que otros mutantes u hombres bestia se lo arrebataran, intentando no pensar en la procedencia de la carne. Hacía ya mucho tiempo que sus remilgos habían desaparecido, junto con los últimos jirones de su humanidad.

Hacía ya tanto tiempo… Casi no podía recordarlo.

Los dioses le abandonaron aquella terrible mañana, cuando despertó con cascos en lugar de pies. Superado el horror inicial, apenas tuvo tiempo de huir de los cazadores de brujas, internándose en el oscuro e inhóspito bosque. Casi murió de inanición, antes de encontrar a otros mutantes como él, deformados grotescamente por los Poderes Ruinosos. Juntos, lograron rapiñar algo de comida en posadas y aldeas aisladas, hasta que una nefasta noche, una manada de hombres bestia dieron con ellos. Los masacraron a todos, sin piedad, para devorar sus restos a continuación. Al principio no entendió por qué no le mataron a él. Sin duda, haber sido afectado por una mutación animal le salvó, condenándole a una vida peor que la muerte. El mutante fue aceptado reluctantemente en la manada y usado como carne de cañón en los asaltos e incursiones, junto a otros parias como los brays y los otros mutantes como Helga. Hacía poco tiempo, la manada se había unido a otras, formando una gigantesca partida de guerra con un propósito desconocido.

La mano de la mujer acarició su mejilla, devolviéndole a la realidad. Su rostro, con la sangre todavía goteando de sus labios, se acercó al del hombre. Su cabello sucio y desgreñado le rozó la cara mientras sus labios se unían rudamente, sin ningún tipo de miramiento. Sus bocas se encontraron, se mordieron toscamente los labios y las lenguas lucharon por penetrar, por inundar la boca del otro.

No hubo nada de romanticismo, tan sólo la incertidumbre de no saber si estarían vivos al día siguiente y la imperiosa necesidad de consuelo mutuo, a pesar de la falta de intimidad y los rugidos y gritos del campamento de hombres bestia.

Helga chupó su sucio cuello y lo mordió con fuerza, arrancando un gemido de dolor de Heinrich. El pene del hombre estaba a punto de estallar cuando Helga se colocó sobre él, presta para montarle. Éste sintió su miembro aprisionado entre los muslos de la mujer y notó el suave vello sobre su glande, captando sin dificultad la humedad de su vagina. Con un golpe seco de caderas, la penetró, mientras la mujer se mordía los labios para no jadear. El orgasmo llegó rápidamente, como otras veces.

Sus cuerpos quedaron entrelazados, mientras el sueño les invadía lentamente. Fue entonces cuando dos gors pasaron cerca, hablando en su extraña lengua de las Bestias. Heinrich no la comprendía, pero había comenzado a entender alguna palabra suelta. De repente, sus ojos se abrieron como platos. Había entendido algo.

El nombre de su pueblo natal.




Heinrich intentó no hacer ruido mientras apartaba un brazo de la dormida Helga. Los sonidos del campamento de la partida de guerra se habían amortiguado y convertido en ronquidos y algún grito ocasional. Si tenía cuidado, podía escurrirse y huir.

-¿A dónde vas?

La voz le congeló en el sitio y tuvo que cerrar los dientes para no gritar. Se volvió con cuidado y pudo ver a Helga, contemplándole inquisitivamente.

-Debo irme.
-Vas a avisar a los de tu pueblo, ¿verdad?

Heinrich apartó la mirada, avergonzado.

-No seas estúpido. ¿Crees que te lo van a agradecer? ¡Para ellos eres un monstruo!
-Debo hacerlo. En ese pueblo están mis padres, mis hermanos, mis amigos…
-¡Ya no tienes parientes ni amigos, estúpido! ¿Es que no te das cuenta? ¡Mírate! ¡Te quemarán en cuanto te vean!

Heinrich susurró, temeroso de que la voz de Helga despertara a todo el campamento.

-¿Es que no lo entiendes, Helga? ¡No somos monstruos! Los hombres bestia arrasarán mi pueblo y devorarán a todos sus habitantes, como hemos hecho con cada aldea que hemos pisado. Si no les aviso, sí que seré un monstruo. No habrá nada que me diferencie de ellos. Si no les aviso, ¿qué me queda?
-Nos quedamos el uno al otro.

Heinrich torció la cabeza, incapaz de sostener la mirada de la mujer.

-Lo siento. Debo hacerlo. Debo intentar salvarlos.

Helga le miró de forma extraña. El joven hubiera podido jurar que sus ojos se humedecían. Por un momento, pensó que todo había acabado, que la mujer gritaría y los hombres bestia se lanzarían contra él y le despedazarían.

-Vete. Tienes hasta el amanecer. Luego daré la alarma.

Heinrich corrió, sin volver la vista atrás, hasta la linde del bosque.




El hombre jadeó mientras observaba su pueblo en la lejanía. Llevaba tres días corriendo sin apenas detenerse, sin haber podido alimentarse más que de un ciervo muerto en no demasiado mal estado. Había llegado a tiempo. Esperaría a la noche y saltaría la empalizada de madera. Conocía un lugar en el que un árbol cercano hacía fácil la tarea. Una vez dentro, llegaría hasta la casa de sus padres y les avisaría.

Era de noche cerrada cuando Heinrich se alzó ante la puerta de su antiguo hogar. No recordaba cuánto hacía desde la última vez que había estado en ese mismo lugar. ¿Casi diez años?

Con el corazón palpitando, llamó sin atreverse a hacer demasiado ruido. El resto de casas estaban cerca y Heinrich no quería que nadie le oyera. Tras varios minutos y varios intentos, una voz seca y cansada se dejó oír a través de la puerta.

-¡Que Morr se os lleve! ¿Quién demonios es a estas horas?

Heinrich apenas pudo hablar de la emoción cuando reconoció la voz. Un nudo le encogió la garganta.

-Soy Heinrich, padre.
-¿Qué broma es ésta? Mi hijo Heinrich está muerto.
-Soy yo, padre. Estáis todos en peligro. Debéis huir…

La puerta se abrió con precaución. Una canosa cabeza se asomó, flanqueada por un grueso cayado.

-Por el amor de Shallya… Eres tú…

Heinrich no pudo hablar. Las lágrimas le anegaron los ojos. La puerta se abrió mientras sus piernas flaqueaban y lloraba como un niño.



Con dificultad, Heinrich se sentó en la silla. Llevaba ya varios años que no había usado un mueble humano. Devoró el plato de estofado ante él con fruición. ¿Cuánto hacía que no comía en condiciones?

Muchos años en el bosque habían aguzado su oído. Podía escuchar a su hermano y a su padre discutiendo en la habitación contigua.

-¡Es un monstruo, padre! Ya no es Heinrich. ¿Has visto sus piernas? Ya no son humanas. Debemos echarle de casa…
-Baja la voz, maldita sea, no quiero que nos oiga. Se trata de Heinrich, tu hermano. No importa su aspecto.
-¿Estás loco? Ya sabes lo que dicen los sacerdotes al respecto. Si alguien del pueblo nos ve con él nos buscamos la ruina. Avisarán a los cazadores de brujas y nos quemarán a todos por darle cobijo. Deberíamos…
-¡Basta! No quiero oír una palabra más. Heinrich se queda. Le ocultaremos hasta que vuelva a irse.
-¡Pero padre…!
-¡Basta he dicho!

La puerta se abrió y entró su padre. Los años le habían envejecido pero, aunque su mirada no podía ocultar algo de miedo, sonreía. Los ojos de Heinrich volvieron a humedecerse mientras su padre se sentaba frente a él.

-¿Estás bien? La verdad es que no tienes buen aspecto…
-¿Y madre?
-Morr se la llevó hace cinco años. –El viejo permaneció un rato en silencio, pensativo, antes de volver a hablar –¿Quieres más comida?
-Más tarde, padre. He venido a avisaros…
-Hay tiempo. Ahora debes comer. Estás famélico.
-Los hombres bestia van a atacar el pueblo. Os matarán a todos si no…

Un sordo clamor de gente comenzó a escucharse en la calle. El padre se levantó con miedo.

-¡Maldito sea Ernst! ¡Ha avisado a los centinelas! Rápido, escóndete aquí. Voy a impedir que entren.

Heinrich comenzó a temblar, mientras escuchaba cómo su padre salía a la puerta de la casa y se encaraba con alguien. Por los gritos parecía una multitud. Heinrich pudo oír retazos de la conversación.

-¡Apártate, Klaus! ¡Sabemos que está dentro!
-¡No dejaré que entréis! ¡Es mi hijo y no le pondréis la mano encima!

A continuación, golpes y gritos. Heinrich salió de la habitación.

-¡No! ¡Apartaos de mi padre, bastardos! ¡Dejadle en paz!
-¡Allí está el mutante! ¡Cogedle antes de que huya!

Los hombres se lanzaron a por Heinrich y le golpearon con puños y aperos de labranza hasta que cayó al suelo escupiendo sangre. Intentó resistirse, pero eran demasiados. Perdió de vista a su padre mientras una turba enloquecida le sacaba fuera, a la plaza del pueblo, en la que tantas veces había jugado siendo un niño.

-¡Por el amor de Sigmar! Yo sólo quería avisaros de que ibais a ser atacados. Yo sólo…
-¡Silencio, perro! ¡No blasfemes pronunciando el sagrado nombre de Sigmar!
-¡Quemadle! ¡Purificad al impuro!
-¡Quemadle!

En cuestión de unos minutos, los aldeanos habían encadenado al maltrecho Heinrich al poste de la plaza y habían apilado a sus pies la suficiente leña y paja. Intentó moverse, pero sus huesos rotos provocaron que sólo un grito de dolor escapara de su boca.

-¡Arde, sucia bestia! ¡Arde y condénate, monstruo!

Una antorcha cayó a los pies de Heinrich, prendiendo rápidamente. Con sus últimas fuerzas, logró gritar por encima del bullicio de la multitud que se congregaba para contemplar la ejecución.

-¡No soy un monstruo! ¡Vosotros sois los monstruos!

El hombre gritó de desesperación y de dolor, mientras el humo le hacía llorar y toser y el intenso calor le abrasaba. Gritó mientras sus fosas nasales se veían invadidas por el olor de su propia carne quemada. Gritó y gritó mientras un dolor lacerante le consumía hasta que, finalmente, ya no pudo gritar más.




Helmut se despertó en medio de la noche, sobresaltado. ¿Había sido su imaginación o…?

El cuerno volvió a sonar.




He visto al enemigo… somos nosotros mismos
Creer que se puede eliminar a los Hombres Bestia sólo con la fuerza militar sería de ingenuos. Nada de eso; para entender el poder de estos seres, es preciso comprender la naturaleza del Caos. Su reino es como una pesadilla subconsciente que todos nosotros soñamos. En el lejano norte de nuestro mundo, donde la frontera que separaba nuestra dimensión de la del Caos desapareció hace tanto tiempo, el reino del Caos cobra forma, y nuestros sueños, esperanzas y miedos nos comunican ese proceso. Por tanto, el Caos se manifestará siempre a través de nuestras peores pesadillas, porque su esencia es ésa precisamente. Los Hombres Bestia son los verdaderos Hijos del Caos, representando el lado más oscuro de lo que somos en realidad. Así pues, mientras sigamos dejándonos dominar por nuestro odio y nuestros miedos, seguirá habiendo Hombres Bestia.


Gunthër Von Schmidt, Magíster de Altdorf
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